Es una buena noticia o es una mala noticia la abdicación del rey Juan Carlos? Supongo que las dos cosas. Es una buena noticia porque es la primera señal inequívoca, tras varios años de indiferencia y pasividad casi suicida, de que hay indicios de vida inteligente en las altas esferas, es decir, entre la clase dirigente que ahora recibe „y con bastante razón„ el nombre despectivo de "la casta". Por vez primera en mucho tiempo se ha sabido reaccionar ante una situación complejísima que se estaba yendo de las manos. Y alguien, por fin, ha decidido que las cosas tenían que cambiar, aunque sea a la manera lampedusiana, para que todo siga igual.

Pero la abdicación también es una mala noticia porque significa que el régimen que surgió de la Transición está herido o malherido, o quizá incluso herido de muerte. Y hasta podríamos decir que ha llegado demasiado tarde, cuando quizá ya no quede tiempo suficiente para rectificar todos los errores que se han cometido en estos últimos años, que han sido muchos, y no sólo por parte de la monarquía, sino de una clase política que ha vivido de espaldas a la realidad y se ha negado a emprender los cambios que se le reclamaban. Porque uno se pregunta si la llegada de un nuevo rey será suficiente para frenar la marea de descontento que ha ido engordando el irracionalismo y el populismo mesiánico que se han instalado entre una gran parte de la población.

Cuando Juan Carlos I fue nombrado rey „o subió al trono, como dicen los cronistas palaciegos„, yo tenía 18 años. En aquella época nadie daba un duro por él y todos los chistes que se contaban „y se contaban muchos„ lo pintaban como un tonto sin remedio ("¿Sabes por qué han nombrado a Juan Carlos comandante de submarino? Porque en el fondo no es tonto", decía uno que me contó un amigo en los jardines de s´Hort del Rei, en Palma). Que yo recuerde, todo el mundo se reía de él. Los franquistas, los comunistas, los anarquistas y los socialistas, todos a la vez, lo consideraban un inútil que sólo duraría uno o dos años en su cargo, no muchos más, porque su torpeza y sus errores lo mandarían enseguida al exilio. En cambio, la gente de la calle que no tenía ideas políticas „pero que sí tenía olfato e instinto político„ pensaba de otra manera, porque era mucho más benevolente con el nuevo rey y le concedía un margen de confianza. Y al final, como suele pasar casi siempre, tuvo razón la gente que se dejó guiar por su intuición en vez de las ideas, porque Juan Carlos I ha reinado durante 39 años con el apoyo de la mayoría de la población, y eso es un periodo de tiempo muy largo en este país en el que los gobiernos largos sólo han sido los que se han mantenido en el poder por el uso de la fuerza.

Un proverbio chino afirma que es mejor vivir como un perro en una época pacífica que como un hombre en tiempos de adversidad. Cualquier persona que no sea un tonto o un fanático „y por suerte todavía queda alguna„ debería reconocer que durante el reinado de Juan Carlos I hemos tenido el raro privilegio „porque ha sido un doble privilegio„ de vivir como hombres en una época pacífica. Ya sé que ahora, desde la llegada de la crisis económica, todo eso suena a música celestial y a prosa adulatoria de un cortesano a sueldo, porque poca gente está dispuesta a reconocer que hemos vivido razonablemente bien y que durante todos estos años hemos sido bastante afortunados. Y también sé que el rey Juan Carlos ha cometido errores y meteduras de pata, algunos muy graves, pero se mire como se mire, hemos tenido el privilegio asombroso de vivir en unas condiciones que habría envidiado cualquiera de nuestros antepasados, por muy bien que les hubieran ido las cosas. Y es cierto que hay muchas cosas que están mal en nuestra sociedad, pero estos 39 años que van de 1975 a 2014 han sido los únicos años de nuestra historia de los que cualquier persona sensata podría sentirse orgulloso. Y me pregunto qué habrían dado mis cuatro abuelos, que tuvieron que vivir una guerra civil y una larga posguerra, y conocieron las cartillas de racionamiento y el miedo y la falta absoluta de libertad, por poder vivir toda su vida adulta tal como la hemos vivido nosotros. Y ojalá alguien pueda decir lo mismo dentro de otros 40 años.