Al menos por lo que respecta a Balears, el resultado de las Elecciones Europeas del pasado domingo no ha sido el que esperaban las fuerzas políticas del archipiélago. La prueba está en la forma en que han reaccionado. Lo han hecho con desconcierto y comportamientos que, por lo general, no casan con la interpretación consecuente del escrutinio.

Aún reconociendo la pérdida de votos, los dos principales partidos, el PP y el PSOE, interpretan que el castigo no va dirigido a ellos en su integridad. Amparan tal argumento en la dificultad de extrapolar unos comicios continentales sobre la gestión de la administración autonómica y local. No se puede negar veracidad a tal afirmación, pero no es menos cierto que las elecciones han supuesto un serio correctivo tanto para el partido que ostenta la responsabilidad de gobierno como para la principal alternativa. Las urnas arrojaron un claro rechazo del bipartidismo. De lo contrario, el PP no hubiera perdido 38.000 votos y el PSOE, 40.000.

Del resultado electoral se extrae la contundente conclusión de que se reclaman nuevas formas de hacer política y sobre todo, de trasladarla a la gestión de las instituciones. En este sentido hay que interpretar la irrupción, desde la nada, de Podemos como tercera fuerza política balear, empujada por la marejada que significa el fenómeno a nivel estatal o el mismo hecho de que fuerzas de izquierda como EU o ERC se hayan beneficiado de significativos avances.

Se han asignado escaños al Parlamento Europeo como resulta obvio, pero se ha hecho en un contexto en el que los avances hacia la estabilidad económica todavía no se perciben en la calle y el consumo sigue sin aflorar. Además, en Balears, las elecciones se han producido coincidiendo con el inicio de una temporada turística que, pese a sus buenas perspectivas, no se traduce en un incremento sustancial de la contratación laboral y no sólo eso, sino que se enfrenta a serios elementos perturbadores. El ciudadano no se ha aislado de estas realidades en el momento de decidir su voto.

Por eso resulta incomprensible que el president Bauzá no se dé por aludido, no muestre el menor propósito de enmienda y siga sin reconocer que se ha excedido en unos planteamientos que, como el mismo reconoce, eso sí, le impiden albergar cualquier esperanza de pacto en el supuesto de que el PP no renueve su mayoría absoluta en las próximas elecciones autonómicas. Para actualizarla necesita abrirse a la diversidad y a la realidad social. El alcalde de Palma y en, menor medida, la portavoz parlamentaria son las únicas voces autorizadas que han admitido errores.

No tiene sentido alguno que la portavoz del Govern insista en que "nuestra gestión es acertada y en esta línea hay que continuar". El PP no ha renovado en las europeas el aval que recibió en las Autonómicas, por tanto las cosas no pueden seguir igual. Tampoco lo ha hecho el PSOE y sin embargo Francina Armengol no tiene reparo alguno en autoproclamarse líder de grandes pactos de izquierdas que de momento sólo dibujan un teórico croquis sobre el papel. No se mira en el espejo de su mentor Rubalcaba que sí ha entendido el mensaje de las urnas. Una vez conocido el resultado de las europeas, nada ni nadie puede seguir inamovible.