La mayoría ideológica europea comandada por Merkel, heredera de la tradición neoliberal cuajada por Reagan y Thatcher, ha gobernado la Unión Europea desde antes del estallido de la crisis de 2008, ha aplicado con insensibilidad las recetas de la ortodoxia neoliberal más dura y, para crispar todavía más a las víctimas de los colosales ajustes, ha pretendido convencernos de que no hay opción alternativa posible. Si esto fuera verdad, habríamos llegado efectivamente al fin de la historia, concepto enunciado en otro sentido al percibirse la globalización.

La norma fundamental que sostiene fiscalmente al euro es el llamado "pacto de estabilidad y crecimiento", que se alcanzó en el consejo europeo de Dublín en diciembre de 1996 y se adoptó definitivamente en el de Amsterdam, en junio de 1997, para asegurar que los estados que iban a adoptar el euro mantuviesen la misma disciplina fiscal que la impuesta mediante los criterios de convergencia, obligatorios para los candidatos a ingresar en el club de la moneda única. El pacto pretende evitar los déficit público excesivos de los Estados miembros del euro para impedir que una política presupuestaria laxa perjudique a otros estados a través de los tipos de interés.

El pacto no es rígido y establece límites del 3% para el déficit público anual; hay penalizaciones a quienes transgredan esta barrera, con sanciones para los contraventores, a los que se abre un expediente por déficit excesivo, aunque nunca se han aplicado a los países grandes que han sobrepasado la barrera establecida (Alemania en particular). Sin embargo, esta constricción limita como es evidente la aplicación de políticas anticíclicas de corte keynesiano, lo que supone, en principio, un freno para las ideologías socialdemócratas que gobiernen en Europa.

Ésta ha sido la razón por la que las fuerzas conservadoras europeas han pretendido que sus políticas económicas son las genuinamente europeas, de forma que sus direcciones de avance „el rigor y el equilibrio presupuestarios„ no tienen opción alternativa alguna.

Éste es un sofisma en toda regla porque, con independencia de que la estabilidad presupuestaria sea un concepto que debería medirse a lo largo de todo el ciclo económico y no año a año, es claro que nada se opone a que quien dirige la política monetaria, el BCE, practique políticas expansivas si se incluyen criterios en tal sentido en sus estatutos. Como es conocido, la crisis económica fue abordada en los Estados Unidos mediante la inundación de los mercados con recursos públicos „700.000 millones de dólares„ por la Reserva Federal, a través de la compra de bonos y otros activos, lo que permitió capear la tormenta con costes sociales mucho menores que los europeos. Y el centro-izquierda europeo debe poner imponer fórmulas de esta naturaleza a futuras crisis, si en ese momento la mayoría política es de ese signo (el Parlamento europeo ya no es neutro como hasta ahora: en las actuales condiciones, debe hacer definiciones ideológicas y forzar la reforma del BCE).

En otras palabras, hay que devolver a los europeos la capacidad de elegir entre dos opciones en tensión, aunque sea al nivel superior, el de la "federación" y las instituciones europeas. Hay que regresar al gozoso axioma democrático de que los problemas tienen siempre más de una solución posible. De otro modo, si los ciudadanos pierden la capacidad de elección, abandonarán muy justificadamente la política. Algo que ya está sucediendo con el auge de los populismos, que son la negación de la verdadera democracia y la antesala de los totalitarismos.