Alrededor del planeta Rajoy gira un doble anillo que representa el momento actual y el porvenir de la derecha española. Por un lado se encuentra la generación política del propio presidente, que recorre la década de los cincuenta en todo su amplio espectro; por el otro, aglutinándose en torno a la figura emergente de Soraya Sáenz de Santamaría, se sitúan los nuevos cachorros del Partido Popular, de perfil menos político que técnico, dicen los conocedores del poder, y en general poco afectos a los postulados tradicionales del conservadurismo español. Del aznarismo queda ya poco y lo que queda se ha reconvertido a esa nueva moda consistente en no llamar la atención y dejar que el disimulo solucione los problemas. Aznar, sin duda, moviliza votos „en la derecha„, pero los resta en el hueco privilegiado de la centralidad, donde se juega el último minuto del partido. Ducho en la balanza del equilibrio, Rajoy se mueve con comodidad en el espacio del eufemismo, como un jugador de póquer que no desea mostrar sus cartas hasta el final, mientras uno y otro círculo conviven en el imaginario impredecible de los afectos. ¿A quién escucha más el presidente? ¿A los ministros Pastor y Margallo o al equipo que capitanea Moragas? ¿A Montoro o a Luis de Guindos? ¿A José Manuel Soria o a los hermanos Nadal? En el destierro toledano, el ascendiente de Cospedal se diluye con rapidez, a pesar de sus frenéticas carreras en dirección a la calle Génova, donde todavía ocupa el cargo de Secretaria General de los populares. Su estrella, sin embargo, se ha eclipsado desde hace años si la comparamos con la vicepresidente. La peculiar psicología de Rajoy, que detesta el papel cuché, explicaría esta predilección por los perfiles más técnicos antes que por los políticos. Si para Rodríguez Zapatero el glamour representaba un valor objetivo „como nos recuerda en La caza de los intelectuales César Antonio Molina„, el gobierno actual premia el talante gris o, lo que lo mismo, el reino de lo previsible en lugar del desconcierto. A lo largo de la historia del pensamiento, da igual si nos centramos en Shakespeare o en las tragedias griegas, la imaginación política deriva a menudo en la vanidad y contrasta con la conveniencia de la buena política. Sin voluntad de polemizar, bastaría con acudir al ejemplo de los dos últimos presidentes: José María Aznar, que aspiró a una España reconstruida desde el vínculo atlántico con Bush y Blair; y, de nuevo, Rodríguez Zapatero, quien hizo del buenismo sentimental la bandera de su ideología. En ambos casos sus partidarios sostendrán que fueron dirigentes ambiciosos y con visión de futuro, mientras que sus detractores harán notar la larga retahíla de males que acarrearon aquellos años en los que el peso de la realidad dependía de la imaginación.

Con un PSOE en caída libre, lo peor que le podría suceder al Partido Popular sería la debacle socialista. Sin Rubalcaba, el socialismo cobraría profundidad electoral y haría tambalear el proyecto de los conservadores, de modo que en Moncloa temen menos la brillante astucia habitual del líder de la oposición que el revulsivo de un nuevo candidato. El ánimo electoral funciona a base de expectativas y muta, cuando es oportuno, a una velocidad de vértigo. Cabe prever que las europeas las ganará el PP por un estrecho margen, quizás dos o tres diputados. Será el primer acto del bienio electoral.

Más adelante, el escenario post-Rajoy despedirá el primero de los anillos del gobierno: Montoro y Arias Cañete, Soria y Mato, Jorge Fernández Díaz y Ana Pastor. Empezará una nueva dramaturgia, con protagonistas distintos y un guionista desconocido. Si el presidente repite mandato, esto sucederá dentro de seis años y no en la próxima legislatura. De ser así, ¿cuál de los dos círculos de poder capitaneará la reforma constitucional? ¿El dirigido por Sáenz de Santamaría o el de Margallo? ¿O será acaso el PSOE coaligado con unos o con otros? El escenario catalán, unido a la incipiente recuperación, favorece al partido en el poder, pero el envés de la cuestión puede estribar en Rubalcaba. Sin él, el proceso de cambio se aceleraría. Y la política española se haría menos previsible.