Hace unos días, la Casa del Rey aseguraba que la popularidad del monarca había vuelto a repuntar después de año y medio de enfermedades y convalecencias, según se desprendería de encuestas internas. A juicio de la Zarzuela, la recuperación habría arrancado el pasado 11 de marzo, cuando el Rey presidió los funerales por las víctimas del 11M, y se habría afirmado con los viajes oficiales de don Juan Carlos a Oriente Medio, al frente de misiones comerciales de empresarios españoles con intereses en la región.

Ciertamente, la impresión que trasmite el jefe del Estado, francamente repuesto de sus achaques, es positiva y cabe imaginar que a medida que cale esta nueva imagen mejorará la percepción social que se tenga de su ejecutoria. Sin embargo, la última encuesta oficial del Centro de Investigaciones Sociológicas no lo refleja: la monarquía suspende en el barómetro de abril con un 3,72 sobre 10, una puntuación que supera levemente el 3,68 que obtuvo en 2013. Anteriormente, había suspendido por primera vez en 2011, cuando el caso Noos saltaba a la opinión pública. En 2012 „el accidente de caza en Botswana ocurrió en abril de 2012„ el CIS no preguntó. Piadosa omisión.

La nota de la monarquía debe ser enmarcada en su contexto para resultar inteligible: en el referido barómetro de abril tan sólo aprueban la Guardia Civil (5,78), la Policía (5,70) y el Ejército (5,29), instituciones que no son propiamente políticas. A continuación, ya en el terreno de los suspensos, la corona sólo es sobrepasada por los medios de comunicación (4,51) y el defensor del pueblo (3,87). O sea que la jefatura del Estado obtiene pese a todo mejor valoración que la Iglesia, el poder judicial, el Gobierno (2,45), los partidos políticos (1,8)€ En cualquier caso, el declive ha sido manifiesto: en 1995, la institución monárquica merecía un 7,48 y era con diferencia la institución más valorada. Últimamente, la corona ha hecho esfuerzos por rectificar el rumbo, accediendo a una mayor transparencia. Pero a la vista está que no ha resuelto definitivamente el problema.

A primeros de 2014, una encuesta de Sigma Dos para un periódico nacional, que se realizaba por tercer año consecutivo, constataba que el apoyo al reinado de don Juan Carlos había bajado en un año nueve puntos (hasta el 41,3%), mientras que había subido 17 puntos el porcentaje de españoles que pedían su abdicación a favor del príncipe de Felipe (62%). De igual forma, la institución monárquica perdía cinco puntos de apoyo, hasta situarse en el 49,9%. Además, la mayoría (56,2%) tenía una visión regular, mala o muy mala de este reinado. Y el 69,4% pensaba que don Juan Carlos no será capaz de recuperar el prestigio perdido de la corona.

Felizmente, según la misma encuesta, el 57% cree que el príncipe Felipe podrá recuperar el prestigio de la corona y el 66% tiene buena o muy buena opinión del heredero, porcentajes crecientes ambos que parecen confirmar que la institución está en condiciones de renacer. Sobre todo si consigue superar con ecuanimidad y sentido del Estado el desenlace del caso Urdangarín, que debe concluir en términos ejemplarizantes para que la corona se libre definitivamente de las secuelas de este mal trago, que ha amplificado grandemente los errores del propio Rey. Superado este trance, la sucesión debería producirse con naturalidad.