Desde hace semanas vengo oyendo una especie de mantra: hay que agradecerle al fútbol que esté brindándonos grandes alegrías, pues eso compensa los malos tragos que pasamos en estos tiempos. Su portavoz, un destacado periodista deportivo cuyo programa radiofónico alcanza altas cotas de popularidad, lo repite prácticamente a diario. Ignoro si ese talante lo acentúa el que su equipo, cuyos colores defiende sin rebozo, esta temporada se encuentre en un puesto de lujo. El caso es que cada vez que oigo el lema de rigor no puedo evitar sentir repelús. Porque, acudiendo a la inefable autoridad de doña Ana Botella, me parece que el periodista mezcla peras con manzanas.

Siempre se ha dicho que los duelos con pan son menos, pero no sé si una situación económica y social como la nuestra, en franco descenso (me permitirán que no comparta el tul ilusión del actual Gobierno), se compensa con el subidón que se siente cuando el equipo de nuestros amores marca un gol o derrota al eterno rival... aunque de esa forma se clasifique para jugar una final europea. Quizá sería más acertado decir que las inversiones millonarias que se realizan en el ámbito futbolístico (hasta el equipo más pobretón de primera está compuesto de profesionales, y las cantidades que cobran algunos de ellos, y algunos directivos también, resultan descaradamente obscenas), sería más acertado decir, digo, que el colosal y multitentacular negocio del fútbol a veces da sus frutos. Porque si de verdad el afamado periodista tuviera razón, si es cierto que hoy día gran parte de la población española olvida las penas entregándose a proyectar sus anhelos en las victorias de sus equipos como los neoyorquinos de la década de 1930 hacían con el cine, o como podría olvidarlas dándole al aguardiente o al tinto de tetrabrik, apañados íbamos.

Caen chuzos de punta en Europa, cierto, y según anuncian algunos (que no deben de creerse las voluntariosas consignas de nuestro presidente), más que van a caer. Cierto que es mejor tomarse los tiempos con espíritu animoso y que cuando escasea el trabajo, los sueldos menguan y todo sube (incluidos suministros básicos como la energía eléctrica), es mejor mantenerse en el puesto de combate y no ceder a las lógicas ganas de retirarse al páramo. Aún diré más: si da la casualidad de que nuestro equipo de fútbol gana la liga o asoma la naricilla por alguna competición internacional, sea la que sea, encuentro lógico dejarse llevar por una oleada de júbilo y hasta corear algún grito rimado...

Pero nada más. El empeño en enaltecer el llamado deporte del fútbol hasta cotas redentoras me parecería peligroso si no me pareciera ridículo. Ese afán de elaborar un lenguaje de resonancias bíblicas donde se habla de épica, gestas y héroes, suena a voluntad de enmascarar la pura y dura realidad. No, señores míos: los clubes ganadores ganarán más con sus victorias; ustedes y yo, y el otro, y el de la moto, seguiremos lidiando con el adversario más correoso imaginable; y, créanme, va ganándonos por goleada.