Allá por los setenta me contaron que el entonces marido de Ángela Molina „vivían en Eivissa„ se hacía una fotografía cada día a la misma hora. Pensé que era una forma de autobiografía, pero no se me ocurrió pensar que tuviera que ver con el narcisismo, entre otras cosas porque probablemente nada tenía que ver. El narcisismo, entonces, no había cobrado el auge de ahora. La sociedad occidental de los setenta no era una sociedad adolescente. Lo que sí pensé fue que algo así tenía que ver con la muerte. El tiempo siempre tiene que ver con la muerte y sus huellas o bien son su triunfo, o bien el nuestro „por efímero que sea„ frente a ella.

La anécdota se me había olvidado y la recordé al ver, el otoño pasado, La gran belleza. En la maravillosa película de Paolo Sorrentino, hay tres escenas virulentamente críticas hacia algunos modos del arte contemporáneo: la entrevista con la actriz de teatro que no sabe definir nada sobre aquello de lo que parlotea; la niña „y la usura dineraria de sus padres„ que pinta a golpes y manotazos hasta alcanzar un trance que la sobrepasa y encandila a los esnobs del momento, que la consideran un genio; y la exposición de fotografías de un artista que se fotografiaba desde hacía años cada día a la misma hora y exponía el resultado en unos paneles infinitos de su propio rostro en el tiempo. La arquitectura clásica del lugar era, por supuesto, muy superior a la exposición. Nada nuevo bajo el sol.

Ahora vivimos en una civilización que del narcisismo ha hecho negocio y un cambio en las relaciones humanas. Todos sabemos de lo que hablo. La necesidad de afirmar lo que le gusta a uno y de que otros digan lo que les gusta de lo que uno hace o dice, es una patología contemporánea que, de momento, rige el mundo. La necesidad enfermiza de contar lo que se hace en cada momento, por intrascendente que sea, otra. No es necesario citar los medios donde se celebran estas ceremonias el narcisismo y si no los cito es porque no empleo, ni he empleado nunca, ninguno de ellos. No me molesta ser un robinsón si está a mi alcance y en este caso lo está. ¿Nos perjudica „personal y profesionalmente„ lo robinsoniano? Tal vez, pero tampoco tengo tanto tiempo como para ir a averiguarlo. Quizá eso sea „y si lo fuera entono un mea culpa„, otra forma de narcisismo. O un resto „pido perdón por tanto atrevimiento„ del Homo antiquus.

Tal vez por eso ha destacado más que otras la muerte de Courtney Ann Sandford „nombrar a los muertos es honrarlos„ en una carretera de Carolina del Norte, después de hacerse lo que ahora llaman un selfie „una fotografía de sí misma hecha con el móvil o la tablet„ donde se la ve, guapa y feliz. No sólo se la ve: feliz, digo. Por lo visto estaba actualizando su cuenta de Facebook mientras conducía y acababa de escribirlo: "Soy feliz". La fotografía lo corrobora desde luego. ¿Cuántos de nosotros nos atreveríamos a escribir con total sinceridad la expresión "soy feliz"? Segundos después „y el coche no iba a gran velocidad„ tuvo el accidente y murió en el acto. "Soy feliz" y la mirada brillante de felicidad y el rostro relajado y la sonrisa verdadera, ella sola, está en esa última imagen esplendorosa. Pensé en el verso de Pavese: "Vendrá la muerte y tendrá tus ojos".

Hace poco leí que la última moda en selfies „y la palabra evoca cierta atmósfera masturbatoria„ era hacérselos en pareja después de haber follado, hecho el amor, fornicado, o ejercido el débito conyugal, como ustedes prefieran. El reportaje periodístico incluía una serie de esos selfies colgados en la red y en ninguno de ellos había tanta felicidad como en el rostro de Courtney Ann Sandford cuando se fotografió y escribió después en su cuenta de Facebook "Soy feliz". ¿De dónde venía? ¿Adónde iba? ¿Por qué era tan feliz? Ahí está el comienzo de una novela que no leeremos nunca porque era la novela de su vida, de la vida de Courtney Ann Sandford, de quien nada sabíamos y nada sabremos más allá de que tenía 32 años y era feliz en el momento en que se mató al volante, mártir de una civilización narcisista que siente la necesidad compulsiva de salir de sí misma incluso estando al volante. Como en un vídeo musical o un anuncio de televisión. Sólo que al final de la frase „"soy feliz"„ había un camión que conducía la muerte.