Fue Lord Palmerston quien sentenció, con la característica flema británica: "Inglaterra no tiene amigos permanentes ni enemigos permanentes. Inglaterra tiene intereses permanentes". Cuestión de supervivencia histórica, de equilibrios de poder, de necesidades estratégicas. En política internacional la lógica de los intereses prima sobre cualquier otro principio. Churchill y Roosevelt se aliaron con Stalin frente a Hitler. Kissinger cerró un acuerdo de no agresión con la China comunista que debilitaría, de forma definitiva, la posición militar de la URSS. La UE se ha construido sobre una telaraña de concesiones mutuas que deben menos a las tradiciones nacionales de los distintos países que a una doble exigencia de paz y de comercio. Por supuesto „y más en el siglo de la propaganda política„, el lenguaje va por un camino y la realidad por otro. Se demoniza al adversario que adquiere la condición de enemigo, mientras se comercia con él por la puerta de atrás. Las bravuconadas forman parte de las negociaciones, sin que nadie en su sano juicio desee subir un peldaño más en la dinámica del enfrentamiento, ya que la ruptura implicaría el desprestigio internacional. Sin duda la propaganda asienta los prejuicios en el inconsciente colectivo, pero los pueblos son influenciables y cambiantes, al igual que las personas. La Historia no conoce puntos fijos, sino que corre caudalosa entre los márgenes de su cauce. Y lo crucial, al comienzo, no resulta siempre evidente.

Estas semanas se ha iniciado, entre Teherán y Washington, un deshielo de largo recorrido, llamado a recomponer los equilibrios de Oriente Próximo. De fondo, las urgencias económicas de los iraníes, la llegada de un pragmático „Hassan Rouhani„ a la presidencia del país y el temor de los Estados Unidos a la creciente y peligrosa influencia del radicalismo sunnita. La primavera árabe ha resultado ser un bluf para los intereses de la estabilidad, con el caos „en Libia y Egipto„ y la guerra civil „en Siria„ como efectos contrastables. El temor de los ayatolás a sufrir revueltas similares „el precedente de 2009„, unido al daño imparable que las sanciones económicas han causado en el país, justifica en parte ese giro. En la lucha por la influencia regional, el chiísmo no deja de constituir una fuerza esencial. Un gran especialista en la zona, Michael Axworthy, nos explica en su indispensable Revolutionary Iran: A History of the Islamic Republic, que el régimen iraní es mucho más predecible „y menos fundamentalista„ de lo que habitualmente se cree en Occidente. Que su lógica no sea la nuestra no significa que carezca de ella. Y, en contra de lo que da a entender la retórica inflamada de figuras como Ahmadineyad, lo cierto es que, "desde el siglo XVIII, las guerras que ha librado Irán han sido defensivas - la más famosa, contra Iraq en la década de los ochenta".

Dentro de unos meses, quizás un año o dos, Washington y Teherán llegarán a un acuerdo que alejará los riesgos de una conflagración nuclear en Oriente Próximo. La desconfianza mutua persistirá seguramente durante varias generaciones, pero las sanciones se levantarán poco a poco y el petróleo iraní volverá a inundar el mercado. La alianza con los chiíes permitirá encarar de un modo distinto conflictos enquistados como los de Siria, Líbano o Iraq. A largo plazo, el mundo interconectado de la globalización no puede admitir un polvorín incontrolado en una región estratégica, ni los países del Oriente Próximo pueden caer en el aislamiento internacional. Al final, los intereses prevalecen. No las ideologías.