En la calle veo a un hombre que está montando en la acera un improvisado puesto de venta de libros usados. El hombre extiende una lona verde y luego va colocando los libros. Cuando echo un vistazo, veo que son libros que no sé de dónde habrán salido, tal vez de algún saldo en un almacén donde han vendido los libros al peso al primero que pasara por allí. Miro los libros y veo que son ediciones baratas de hace quince o veinte años, con algunos best-sellers con títulos que hablan de ángeles y secretos y dragones. También veo libros de divulgación científica que no sé si serán muy fiables, porque al lado hay libros dedicados a la sanación "pránica" (sea eso lo que sea), escritos por un tal Master Choa Kuk Sui, y también libros de parapsicología y de curaciones a través del ayuno. Pero lo que más me extraña es lo que hace el hombre del puesto, porque una vez que tiene los libros colocados, los va cogiendo uno por uno y los va limpiando con un trapito y un poco de alcohol. Lo hace con mucho esmero y con mucho cuidado, como si esos libros pudieran curar de verdad a través del ayuno a alguien que no tuviera ya ninguna posibilidad de curación, o como si también pudieran llevarnos a descubrir los secretos de los ángeles a lomos de un dragón. Luego el hombre vuelve a dejar los libros en su sitio, todos bien alineados y ordenados, con el título bien visible, sin la más mínima concesión al desorden.

Veo que ese librero improvisado es un hombre joven que no tendrá ni treinta años. Dios sabe cuántas cosas habrá hecho antes de tener que dedicarse a vender libros usados en una acera. Pero a pesar de todo, ese hombre sigue empeñado en mantener la dignidad de ese ínfimo negocio que ni siquiera le debe dar para comer. ¿Cuánto ganará al día? ¿15 euros? ¿20 euros? Da igual. Él coge por la mañana su trapo y su frasco de alcohol y va limpiando las cubiertas de esos libros que tienen ya más de veinte años y que nunca parecerán nuevos ni limpios, por mucho alcohol que se les pase por la cubierta y por el lomo. Me pregunto qué pensaba de la vida este hombre cuando tenía quince o veinte años, y si alguna vez se imaginó que un día tendría que vender libros usados en una acera. Si vendiera hachís en una esquina -y no digamos cocaína o las nuevas drogas sintéticas de "Breaking Bad"-, ese hombre podría ganar en dos días todo lo que gana en medio año vendiendo libros. Pero no lo hace. Y prefiere instalar su puesto sobre un hule, y limpiar las cubiertas de los libros, y dejarlos muy bien colocados, todos en perfecto orden.

Al ver a este hombre me he acordado de Albert Camus, que edificó todo su pensamiento sobre esos extraños mecanismos psíquicos que llevan a un hombre joven a limpiar con mucho cuidado los libros usados que vende en una acera. ¿Cómo se puede definir en términos abstractos un gesto así? ¿Amor propio? ¿Respetabilidad? ¿Decoro? Sí, ya sabemos que en ese gesto hay un remoto interés comercial, porque a ese hombre le interesa que sus libros tengan buen aspecto para así poder venderlos mejor. Pero ese hombre, más que por ese posible interés, limpia sus libros por un indestructible sentimiento de dignidad. Este hombre sabe que su vida se ha ido a pique, que no tiene nada o casi nada, que ni siquiera ha cumplido los treinta años y que ya tiene que vivir como un pordiosero, pero al menos tiene ese pequeño simulacro de negocio y va a cuidarlo como si fuera la cosa más maravillosa del mundo, algo incluso comparable a los castillos y los ángeles que salen en los títulos de sus libros. Porque ese simulacro de negocio es lo único que le permite creer que su vida tiene aún sentido, y por nada del mundo va a permitir que le arrebaten eso, lo único que tiene, lo único que nadie podrá arrebatarle.

Camus, en el claustro de San Francisco, en Palma, en el verano de 1935, oyó que una mujer sacaba agua del pozo, y mientras se dejaba invadir por el sol y el silencio del claustro, apuntó estas líneas en un cuaderno: "En una hora, un minuto, un segundo, tal vez ahora, todo podía desmoronarse. Sin embargo, el milagro continuaba". Para Camus, el milagro era que en el ser humano había un fondo indestructible de dignidad y de amor a la belleza que podía evitar que el mundo se desmoronase en cualquier momento. El milagro continuaba, escribió Camus hace casi ochenta años en Palma. Y el milagro continúa, me permito añadir, cuando veo a ese hombre en una acera, limpiando con cuidado esos libros que nadie le va a comprar.