El ensayista cubano, Iván de la Nuez, acaba de publicar un libro titulado El comunista manifiesto en el que explica cómo la nostalgia del pasado comunista se está haciendo muy presente, pero no en su forma política sino en su dimensión estética. Lo que se denomina Ostalgia o nostalgia del inmovilismo a la soviética. De algún modo, una forma de renunciar al vértigo de la sociedad capitalista y sus bandazos y novedades, una manera de frenar ese bólido desbocado. El capitalismo, al quedarse sin un enemigo claro y frontal, de algún modo se quedó desamparado y algo desconcertado al verse como el único sistema vigente. A pesar del anuncio maximalista de Fukuyama y su manoseado fin de la historia, el comunismo estatal se hizo trizas, se disolvió o fue derribado por los propios martillos y hoces. En cualquier caso, el comunismo vuelve a ser aquel fantasma que anunciara Marx, pero ahora como zombie, como muerto viviente que recorre el mundo en forma de protestas, malestar y resentimiento. Sin ir más lejos, Antonio Escohotado está elaborando una trilogía titulada Los enemigos del comercio, en la que argumenta con profundidad y erudición la génesis y desarrollo de la idea comunista, basada en esencia en algo tan primitivamente cristiano como el odio al rico. Un deseo feroz de igualitarismo que, en consecuencia, acaba por desembocar en una pulsión totalitaria. La nostalgia de lo duro, de lo previsible y seguro en contraposición a lo complejo y fluctuante. De hecho, el capitalismo actual tiene guiños comunistas, de un comunismo, por así decirlo, de baja intensidad aunque también más vaporoso y, en consecuencia, mucho más invasivo. Tras el estallido del Muro de Berlín, las esquirlas tenían que alcanzarnos de algún modo. La exigencia de transparencia no deja de ser una manera de comunismo al modo capitalista, y no es contradicción. Ambos comparten, como mínimo, un punto: el de tratarnos como masa anónima y aborregada que es utilizada como alimento para sus fines. La transparencia absoluta es equivalente a la ausencia de propiedad privada, y el espionaje masivo que estamos sufriendo es otra forma de recordar la Stasi, pero ahora a nivel global. Esa suerte de nostalgia por el Este no sólo la sienten quienes vivieron la experiencia comunista. También la siente el capitalismo. Aquel mundo cerrado y opaco siempre causó cierta intriga a quienes vivíamos en el otro lado, en el lado de acá, en Occidente. Una zona inaccesible cargada de misterio y de cierta pureza. Hay mucho de frivolidad en esa fascinación, pues la pretendida pureza no era otra cosa que miseria. Pero resulta que el capitalismo también es fuente de miseria. Lo que sucede es que este regreso de lo comunista ha ocurrido desde la estética. Las camisetas CCCP, la moda de los automóviles Skoda o los Trabant, los míticos besos en la boca, que daban siempre bastante asco, entre los vejestorios Breznhev y Honnecker.

Una de las estrategias más demoledoras del capitalismo no consiste en enfrentarse a su enemigo de forma frontal, sino desactivándolo del siguiente modo: convertirlo en una mercancía, en un producto, en un fetiche, en una moda. De esta manera, el enemigo queda integrado, disuelto. Está en venta y puede ser adquirido por un módico precio. Ver las caras de Lenin o del Che estampadas en las camisetas se podría interpretar de dos modos distintos: como triunfo estético del comunismo o como humillación total del comunismo. Abierto en canal el Telón de Acero, todo fue banalización y burla: aparecieron los MarxDonald´s y la Marxtercard. Sin olvidar el, y disculpen el neologismo, capicomunismo chino.

Por otro lado, esta nostalgia no puede reducirse tan sólo al ámbito estético. La tentación de los extremos, tanto a diestra como a siniestra, tiene mucho que ver con el deseo de certidumbres, aunque estas certidumbres no sean de lo más halagüeñas, incluso tristes y en muchos casos violentas. Antes, parecen decirse estos nostálgicos, una seguridad aburrida que un rosario de novedades excitantes. El deseo agudo de seguridad siempre corre parejo a un miedo cerval a la libertad. No es fácil distinguir entre crítica y banalidad. Porque, ¿es realmente comunista quien porta una camiseta con las siglas CCCP o simplemente se trata de una provocación de baja intensidad? Ahora bien, no hay que olvidar el aspecto netamente político de esa nostalgia de lo extremo, de lo autoritario y, aún peor, de cualquier rama del totalitarismo. Hace ya tiempo que se viene detectando un hartazgo creciente por la democracia y el capitalismo desaforado. La tentación de lo extremo vive arriba o abajo. En cualquier caso, no demasiado lejos.