Una vez que el incendio de la Serra de Tramuntana se da por extinguido y se vuelve a abrir, aunque sea de forma controlada, la carretera entre Andratx y Estellencs, se impone por necesidad una seria reflexión sobre lo ocurrido y las causas que han provocado o han contribuido a abonar tan magno siniestro. La cuestión no puede darse por zanjada con la valoración del Govern, según la cual todo se ha realizado de forma "impecable". Hacerlo sería un engaño colectivo y dejar las brasas caldeadas para que, en cualquier momento, pudieran volver a prender incendios de gran magnitud. El sentido de la responsabilidad y la prevención necesaria obligan por igual a reconocer los errores, admitir las carencias y después a habilitar los recursos necesarios para que las llamas no puedan volver a saltar con la virulencia que propician el abandono, en forma de falta de mantenimiento, de las zonas boscosas de Mallorca y las altas temperaturas del estío.

El balance de lo ocurrido en Andratx es, francamente, demoledor. Más de 2.300 hectáreas calcinadas en un paraje de alto valor ecológico declarado patrimonio de la Humanidad por la Unesco y en un sitio que, para más inri, ya había sufrido incendios semejantes. Por eso, como señalan los técnicos, algunos de los terrenos vueltos a quemar se quedarán como irrecuperables, estériles para pinos, encinas y su sotobosque. Por tanto, las previsiones oficiales que indican la recuperación del paisaje y su vegetación en 80 años, sólo pueden aceptarse de forma parcial. La Trapa nunca volverá a ser la misma. Habrá que reconocer, por otro lado, el negativo efecto económico que ha tenido el incendio para los habitantes de la zona afectada. En pleno agosto, en el epicentro de una temporada turística excelente, el municipio de Estellencs se ha visto privado por completo, en el momento clave, de la afluencia de visitantes que le dan vida y empuje económico. Persiste la duda de si ahora, cada vez que llueva y se ablanden los peligros de desprendimientos, será necesario cerrar la carretera. Algunos negocios se han visto obligados ya a cerrar sus puertas.

No se trata tanto de discutir la entrega y la profesionalidad de quienes se han empleado a fondo, durante varios días, en la extinción del fuego, sino de saber si han contado con los medios necesarios para ello o de mirar un poco atrás y ver la capacidad de labor preventiva o la disponibilidad real de medios técnicos y humanos. Este parece haber sido el verdadero punto débil que han aprovechado las llamas. El Govern dijo, de entrada, que los recortes no habían afectado a las brigadas de extinción de incendios. Sin embargo, el comité de empresa del Ibanat ha salido a la palestra esta última semana para denunciar todo lo contrario. Asegura que la prevención de incendios ha sido castigada con un 13% de reducción, 650.000 euros menos que han extinguido labores de limpieza, suprimido torres de vigilancia y también, según los trabajadores, una brigada menos pero, por contra, se han creado dos cargos directivos.

El ministro de Agricultura, Miguel Arias Cañete, al visitar la zona devastada, dijo que la Serra recibirá ayudas del Estado, pero éstas no se cuantificarán hasta finales de verano, cuando se haga balance y reparto sobre todos los bosques españoles incendiados. Resulta llamativo que la primera ayuda haya llegado de la iniciativa privada, 300.000 euros aportados por la fundación la Caixa. Por lo menos se debe aprender la lección de que resulta obligado extremar la vigilancia y las labores de prevención. El Govern debe volver a activar las labores de limpieza de los pinares de titularidad pública al tiempo que incentiva o hasta impone, si es necesario, la misma tarea en los bosques de propiedad privada. Es cuestión de paisaje, economía, patrimonio y atractivo turístico.