En la era de la revolución de la información, mientras las masas árabes se manifiestan a golpe de SMS y de internet, aparece un viejo vestido de forma estrafalaria, con pegatinas en la solapa y plumas en el sombrero, gritando hasta el borde de la congestión que a los británicos les ha nacido un príncipe. Es el pregonero real. Algo parecido sucedió en el Vaticano cuando el mundo tuvo que esperar el humo blanco de una vieja chimenea para que el cardenal Tauran, también convertido en pregonero, anunciara desde la basílica de San Pedro que el cónclave había elegido papa al cardenal Bergoglio. No se trata de casualidades inocentes, hay una razón para ello.

Ridículo, folclórico, antediluviano... cada uno lo definirá a su manera y sin embargo para mí hay algo que me resulta atractivo en el mantenimiento de estas viejas formas de hacer las cosas y es el respeto por la historia que estamos obligados a conocer para no repetirla pues somos bípedos propensos a tropezar dos veces en la misma piedra. En el fondo si no hay tradición no hay nada pues, como dice el refrán popular, lo que no es tradición es plagio.

Hay tradiciones para todos los gustos, desde las procesiones de Semana Santa a festejos donde se maltratan animales con excusas variadas. La tradición hace que los embajadores extranjeros lleguen al Palacio de Oriente en carrozas del siglo XVIII rodeadas de alabarderos a caballo para presentar sus cartas credenciales al rey y que los guardias civiles aún lleven tricornio o kilts los escoceses. De igual manera, los jueces revisten viejos ropajes para dar majestad a la Justicia, se ponen pelucas en el mundo anglosajón y usan puñetas entre nosotros, lo que me parece ajustado por lo que tardan en juzgar. La tradición se manifiesta mil maneras, desde ceremonias a peregrinaciones y fiestas populares. Lo de menos es que Santiago esté o no enterrado en una tierra que ya los druidas consideraban sagrada o que la batalla de Clavijo nunca existiera, que fueron inventos de la propaganda medieval para galvanizar a la tribu cristiana empeñada en una improbable Reconquista, porque son tradiciones útiles que han contribuido como pocas a la creación de la idea de Europa. Hay fiestas populares que hunden sus raíces en la noche de los tiempos, como las muy numerosas de moros y cristianos (Pollença acaba de rememorar la derrota de Dragut en 1550), o como las hogueras de San Juan que enlazan con ancestrales ceremonias de purificación durante el solsticio de verano. El arbusto dorado, de Frazer, es un precioso libro que cuenta estas cosas. Hay costumbres recientes cuyo éxito las convierte en tradiciones, como la feria de Sevilla o la peregrina idea de comenzar el año nuevo atragantados con las uvas de las campanadas de media noche, inventada por unos viticultores con exceso de cosecha a finales del siglo XIX.

Pero tradición no es sinónimo de inmovilismo porque también la tradiciones se renuevan, aunque en realidad lo que debe modernizarse para subsistir es aquello a lo que la tradición sirve porque en caso contrario desaparece. Un reciente libro de Douglas Smith (Former people. The final days of Russian aristocracy) muestra que los bolcheviques arrasaron un mundo basado en formas de esclavitud más propias de la Edad Media que se defendía como tradicional. Bien destruido estaba. Sabemos con Los virreyes de di Roberto y con El gatopardo de Lampedusa, que algunas cosas deben ser sacrificadas para conservar otras y así, siguiendo con Santiago, la corrección política cubre hoy de flores la base de su estatua para ocultar a la morería aplastada bajo los cascos de su blanco corcel porque lo importante es que Santiago continúe aunque cambien las formas externas de su presentación.

Pero lo inverso también es cierto y el mantenimiento de las formas puede facilitar cambios de fondo como bien saben la monarquía y la Iglesia, dos instituciones particularmente apegadas a la tradición... quizás también por esa razón. El Vaticano lleva 2.000 años de éxito sobre la tierra gracias a su permanente capacidad de adaptación, siempre a paso lento, al ritmo de los tiempos, como muestran los mensajes rompedores del papa Francisco en Brasil estos mismos días, dibujando una iglesia muy diferente de la de Juan Pablo II. igualmente, poco tienen que ver entre sí los diferentes dioses que nos muestra la Biblia a lo largo de sus páginas (pastor de rebaño, jefe militar, padre compasivo, airado, vengativo, próximo, lejano...) que Karen Amstrong ha analizado en A history of god. Como distintos son el dios del Renacimiento y el de los filósofos de la Ilustración. Nosotros, sin ir más lejos, hemos pasado del dios de los ejércitos y eternamente enojado de los años 50 a un dios que predica el amor. Queda en el aire la eterna pregunta: ¿Somos los hombres un invento de Dios o es Dios un invento de los hombres? Por su parte la monarquía ha pasado de absoluta a democrática, de tener un origen divino a descansar en el sustento popular, a justificarse por su utilidad práctica y a superar sus años horribles con un comportamiento ejemplar que debe conjugar majestad con cercanía y empatía. A ello ayuda el mantenimiento de ciertas formas.

Hay cosas que cambian para continuar y otras que continúan para cambiar y por eso, aunque parezca paradójico, conservar algunas tradiciones en apariencia inocuas puede tener una profunda utilidad práctica. Aquí el que no corre, vuela y lo importante es perdurar. Para eso también sirven los pregoneros.

* Embajador de España