29 de junio de 2013
29.06.2013

Juan March, espía de Churchill

La información desclasificada por el espionaje británico coloca al financiero mallorquín en la encrucijada entre el premier británico, Churchill, Roosevelt y Hitler

29.06.2013 | 16:50
Juan March, espía de Churchill
Del banquero Juan March se aprovechan hasta los restos, exhumados recientemente para completar su descendencia. La trayectoria política de uno de los mayores contrabandistas mundiales se escruta con la misma avidez que sus genes. Los servicios de espionaje del MI6 británico han liberado una información reveladora, sobre el papel del financiero mallorquín como espía a las órdenes de Churchill ante la corte de Franco. Los documentos verifican la información sustanciada en los años noventa por instancias académicas. En síntesis, March intermedió la entrega de generosos sobornos a los generales franquistas, a cambio de que estos militares de prestigio abdicaran de sus principios para disuadir al dictador de que entrara en la Segunda Guerra Mundial del lado de Hitler.

En un solo párrafo, March se emparenta con Churchill, Hitler y Franco. Pero hay más. La operación puesta en marcha en 1940 suponía una movilización inicial de diez millones de euros en sobornos, equivalentes a 160 millones de pesetas de la época. Se trata de una cantidad astronómica, habida cuenta de que la percepción mensual de los militares de altísima graduación no superaba las cinco mil pesetas. Los sobornos que debía administrar el banquero fueron depositados en la sede neoyorquina de la Swiss Bank Corporation. Aquí aparece otra figura de relumbrón, porque la Casa Blanca paralizó la suma citada ante la fundada sospecha de que acabaría en manos de los nazis. Churchill tuvo que utilizar a su embajador en Washington, para convencer al presidente Roosevelt de que los fondos mencionados evitarían que Gibraltar cayera en manos de Hitler.

En efecto, los planes de los nazis contemplaban el bloqueo del Estrecho mediante la conquista de Gibraltar, el reforzamiento de la potencia artillera del Peñón y la instalación de baterías en la costa marroquí. El premier británico no sólo tuvo que vencer las objeciones de Roosevelt a colaborar con un notorio agente doble como Juan March. La investigación histórica ha demostrado que los colaboradores de Churchill compartían las suspicacias de la Casa Blanca. Londres desconfiaba del currículum ventajista del banquero mallorquín, que ya por aquellas fechas se enriquecía suministrando materias primas a Alemania. El primer ministro en persona tuvo que tranquilizar a sus subordinados. En un escrito de su puño y letra, admitía las numerosas facetas oscuras de la personalidad del financiero, pero lo consideraba la pieza clave para doblegar las voluntades a sueldo del generalato franquista.

La intervención manuscrita de Churchill, que había disfrutado de unas vacaciones en Mallorca, catapulta la leyenda de Juan March. En tiempos más globales, cuesta imaginar la figura de un empresario español que suscite una inquietud semejante y simultánea en Downing Street y en la Casa Blanca. Forjado en el contrabando de base, el financiero mallorquín poseía la flexibilidad de escrúpulos y la experiencia imprescindibles para corromper las voluntades de las autoridades que debían vigilar su actividad. La efectividad de Sherezade se multiplica si cobra por su trabajo de dilación. En cuanto a los perceptores de los sobornos, alcanzaron al mismísimo Nicolás Franco, hermano del dictador. El perfil de ilustres miembros del ejército se desluce ante la confirmación de que se pronunciaron bajo precio. Con las importantes cantidades en juego, adquiere peculiares resonancias el discurso de José Varela, ministro del Ejército, al oponerse con vehemencia a la entrada española en el conflicto.

Franco se mantuvo neutral, por lo que puede hablarse de otro éxito en la carrera triunfal de Juan March. Dado que Churchill daría por bien empleados los millones cuya entrega se prorrogó anualmente hasta 1943, tampoco le molestaría saber que la libre disposición a cargo del intermediario favoreció que se autoadjudicara una comisión proporcionada a sus gestiones. El porcentaje retirado no figura en ningún archivo, de acuerdo con el sigilo que gobernó siempre la actividad del financiero. En todo caso, la percepción está justificada por el tiempo que detraía de su frenesí en los conflictos bélicos, dada su pasión por avituallar a ambos bandos. El funambulismo financiero le hizo morir en 1962 como uno de los hombres más ricos del planeta según Forbes. La imparable biografía de Juan March demuestra los efectos benéficos para el tráfico mercantil de los tiempos ya periclitados en que los banqueros podían acabar en la cárcel, como le ocurrió en un pasaje al protagonista de esta historia.

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