01 de febrero de 2013
01.02.2013

La herencia del hombre

01.02.2013 | 07:30
La herencia del hombre
La utopía se sostiene mientras lo permite la historia. Durante unos cuarenta años pensamos que el relato de nuestra época carecía de borrones. El Estado del Bienestar se consolidaba legislatura tras legislatura, la economía crecía y, en toda Europa, se afianzaba una poderosa clase media sustentada en la generosidad de las políticas sociales, el peso de los sindicatos y la buena salud de las empresas. Desde la posguerra se sucedieron las conquistas de nuevas libertades, el hombre llegó a la luna y el pop-rock se atrevía a reinventar la juventud. Cuando cayó el telón de acero, a finales de los ochenta, algunos politólogos como Francis Fukuyama pronosticaron que el conflicto de las ideologías había concluido para siempre, porque, en definitiva ¿quién se iba a resistir a vivir en un mundo civilizado? No en vano, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, cada generación había vivido mejor que la precedente y así fue hasta que estalló la burbuja con su batería de quiebras, suspensiones de pago, paro y pobreza. Una ley inexorable dice que los espejismos se disuelven cuando se confrontan con la realidad. Sencillamente, la utopía del progreso sin freno volvió a recargarse de historia.

La gran utopía de nuestro tiempo la ha formulado el psicólogo Steven Pinker en su libro Los ángeles que llevamos dentro. En él sostiene que, como consecuencia de la democratización, el desarrollo de la clase media, los intereses comerciales de las multinacionales y la mayor sensibilidad ante las guerras, nuestro planeta es un lugar más pacífico que nunca. Y, por supuesto, razones no le faltan, ya que asociamos las contiendas con el tribalismo de los pueblos primitivos o con la previsible cerrazón de las culturas que no conocen el sedimento de la Ilustración; no con nuestra civilización moderna, cosmopolita y cool. La conflictividad se ha trasladado de Europa a África o a Oriente Próximo, los grupos terroristas occidentales desaparecen, la violencia doméstica se persigue „gracias a Dios„ con toda la firmeza necesaria. Seguramente nuestra civilización será la más próspera, la más informada, la más tolerante, la menos agresiva de la historia, pero€ eppur si muove.
Hace unos días leía la réplica que el ensayista Robert Kaplan ha planteado a las tesis de Pinker, en un diálogo que tuvo lugar en el Carnegie Council. Señalaba, por ejemplo, que en Asia tiene lugar una de las mayores carreras armamentísticas del último siglo: la armada japonesa actual suma unos efectivos cuatro veces superior a la Royal Navy; en quince años, el número de submarinos del ejército chino será superior al de los Estados Unidos; Australia, Malasia, Vietnam y Filipinas han incrementado exponencialmente su inversión militar. Como indica Kaplan el poder se traslada del Atlántico hacia el Pacífico, de Europa hacia Asia, mientras las tensiones nacionalistas por el control geoestratégico de la región van en aumento. Cabe pensar que los enfrentamientos del siglo XXI coincidirán con una nueva geografía política, de la que nuestro continente será un mero apéndice.

Del Extremo Oriente a la cuenca sur del Mediterráneo, la historia acelera los vaivenes de una violencia que amenaza con incendiar el precario equilibrio social de las naciones. Nada nuevo bajo el sol. Como sabemos, la herencia del hombre nunca ha sido precisamente la paz.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook

¡Síguenos en las redes!