"Por su naturaleza los alemanes son superiores a otros pueblos". "Sin la aniquilación de los judíos Hitler sería hoy considerado un gran hombre de Estado". Esas dos preguntas han sido formuladas en una gran encuesta a los ciudadanos alemanes. El porcentaje de respuestas afirmativas es desasosegante: certifica que existe la masa crítica suficiente para recrear la situación existente ochenta años atrás, cuando el partido nazi obtuvo el 30 por ciento de los votos en las elecciones, las que le acabaron abriendo las puertas del poder, entre otras causas por la inconcebible ceguera de la derecha conservadora. A la primera de las preguntas responde afirmativamente casi un 38 por ciento, aunque con matices. A la segunda, más de un 28 por ciento se declara parcial o totalmente de acuerdo con ella. El antisemitismo, el multisecular odio a los judíos, tampoco ha sido extirpado del alma alemana: un 20 por ciento no tiene empacho en declararse abiertamente antisemita. Esta es, en cualquier caso, una purulenta infección europea, no solo alemana.

Hay que convenir que sesenta años después de la Segunda Guerra Mundial, no se ha logrado extirpar el letal virus nazi de la sociedad alemana: que un 28 por ciento declare que Hitler pudo ser un gran estadista si no hubiera propiciado el genocidio judío es nauseabundo; lo es todavía más que cínica e hipócritamente, como si pudiera disociarse del conjunto, se utilice el argumento "si no hubiera sido por€" para alabar a quien sumió a Europa en la peor guerra de todos los tiempos. No consuela que el 51 por ciento de los ciudadanos encuestados rechace totalmente considerar a Hitler un gran hombre de Estado o que un 62 por ciento no se considere integrante de una raza superior. Tampoco en 1933 una mayoría de alemanes quería ver a Hitler en la cancillería, pero asistió pasivamente a su entronización como führer del Tercer Reich y dijo no enterarse de todo lo que después sucedió. Hay más similitudes con lo acaecido en la ominosa década de los treinta del pasado siglo: un 35 por ciento de los ciudadanos alemanes se declara de acuerdo con el principio de que en la sociedad, al igual que en la naturaleza, "los más fuertes deben imponerse siempre". Ese fue uno de los ejes básicos de la ideología del partido nazi, el que posibilitó los programas de eliminación de los discapacitados psíquicos y físicos, del genocidio gitano y del holocausto judío. Un 35 por ciento de los alemanes siguen aceptando, en lo sustancial, el principio de la supremacía de la raza, de la superioridad de los arios, lo que para los nazis hacía imprescindible el "lebensraum", la obtención del "espacio vital", en el que pudieran realizarse; de ahí a la anexión de territorios, la invasión de Polonia y el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial todo fue una lógica concatenación de acontecimientos.

Si ese es el estado de cosas imperante en al menos un tercio de la población alemana, a lo que hay que sumar que más de ocho millones, uno de cada diez, desearía un nuevo führer, preguntarse hacia dónde se encamina el futuro de Europa liderado por Alemania, cavilar si algo de razón no tienen los euroescépticos británicos, temerosos de que el sueño de un continente unido se transmute en el soñado por Adolf Hitler, en el de la pesadilla de una Europa sometida al dictado alemán, no es una mera conjetura, una posibilidad descabellada: Berlín impone las reglas de juego, les dice a los países del sur, a Portugal, España, Italia y Grecia qué tienen que hacer y cómo han de llevarlo a cabo; la eliminación de las soberanías nacionales no ha dejado paso franco a una soberanía europea, compartida por todos a través de los órganos colegiados de la Unión democráticamente elegidos, sino a una supeditación a las exigencias alemanas, que impone la austeridad sin atender a las situaciones de cada estado. Es Berlín quien nos obliga, aunque en 2012 no sean las divisiones de la Wehrmacht las que ordenan, sino gobiernos obedientes, siempre prestos a obedecer las órdenes que llegan del Banco Central Europeo, el adecuado instrumento del siglo XXI blandido por Berlín para que su política económica queda continentalmente sancionada.

La crisis todavía no ha mordido con fuerza en Alemania; allí se mantienen a salvo de las sacudidas que están dejando escombros por todo el sur de Europa. Qué dirán las encuestas cuando les alcance, hasta dónde se incrementarán los porcentajes de admiradores de Hitler, los que creen en la superioridad de la raza germana, los que añoran un nuevo führer. Es bastante inquietante. Si en Grecia, los brutales recortes impuestos por Alemania han desembocado en que un partido inequívocamente nazi, Aurora Dorada, esté en camino de ser la tercera fuerza política del Parlamento de Atenas, cómo no angustiarse ante las tendencias que detectan quienes estudian las tendencias de los ciudadanos.

La extrema derecha xenófoba, siempre nostálgica de los tiempos en los que el nazifascismo imperó en Europa, ha estado aguardando a que llegasen tiempos propicios para su causa. ¿Qué defensas tenemos si efectivamente esos tiempos están haciendo acto de presencia?