Cataluña está aquejada de iguales males que el resto del Estado, sin que en la última legislatura „la más corta de las últimas décadas„ se hayan siquiera atisbado políticas diferenciadas de las que practica el PP. No es de extrañar, porque CiU es allí lo que el Partido Popular en las Comunidades donde gobierna; han sido socios para aprobar los presupuestos y se asemejan en lo de dar primacía a los recortes por sobre la defensa del bienestar social.

La inversión sanitaria se ha reducido en un 11% durante el mandato de Artur Mas, y se cifra en 12% la disminución del presupuesto en educación. Se calculan en más de un millón y medio las personas en riesgo de pobreza, ha implantado el euro por receta, se ha mostrado tan impermeable como el PP al drama de los desahucios, y los 42.000 millones de deuda sitúan a Cataluña como la primera Comunidad en cuanto al déficit. Con semejante bagaje era previsible que la ciudadanía fuese a pasarle factura, lo cual frustraría unas aspiraciones de gobierno que ya se fueron al traste en 2006, cuando propuso a Montilla la mayoría "sociovergente". Por entonces la estelada habría quedado en segundo plano, mientras que hoy ha encontrado a su abrigo el modo de que muchos catalanes antepongan los sentimientos al examen de su gestión.

Afirmaba Adorno que el nacionalismo tiene que hipertrofiarse para convencer de que es sustancial, y es lo que Mas ha ideado tras fracasar el Pacto Fiscal: exaltar la identidad nacional por sobre el penoso presente, hacer, del espectáculo, discurso (Debord), y afianzar una maniobra que tiene mucho de distracción porque relega a un segundo plano, aunque sea por poco tiempo, el análisis objetivo de la situación; el tiempo suficiente para asegurarse un segundo mandato con el recurso facilón de propiciar el ardor en vez de la inteligencia.

Todas las acciones van orientadas hacia uno mismo, que decía Nietzsche. Aunque deban utilizarse ardides para que no lo parezca. En este caso, a la excitación de sentimientos ancestrales que ha vehiculado CiU para alzarse con la mayoría, conviene sobremanera la presencia de un antagonista. Así, la percepción de ultraje fomentará un victimismo reivindicativo que desplazará el origen de todos los males hacia donde conviene. Una estrategia, la del frentismo, no por sabida menos eficaz, máxime cuando el PP le allana el camino con esa cerrazón centralista que a muchos de sus miembros les es consustancial. Declaraciones como las oídas: "España es la única nación", "El separatismo no paga las pensiones" (Alicia Sánchez) o la españolización de los alumnos catalanes, en boca de Wert, el Ministro de Educación, no han hecho sino reforzar la penetración social del discurso soberanista de A.Mas, sin empacho en afirmar, tras dos años de políticas lesivas por su parte, que España "es el tapón para el bienestar de los catalanes".

De que el pueblo catalán "haya dicho basta", como indica el Sr. Mas, no puede deducirse que sea un "basta" unívoco, más allá de su propia conveniencia. Basta de un centralismo en exceso gravoso, sí, pero también (deberá reconocerse la pluralidad) basta de opacidad, de corruptelas que también afectan a CiU; basta, quizá, de unas alianzas político-económicas en perjuicio de la mayoría, de la financiación a medios afines para seguir en el sectarismo o de soluciones centrífugas por sobre la solidaridad. También se reivindica todo esto por parte de otros partidos catalanes, aunque la complejidad de tales denuncias las postergue frente a cualquier "ismo" de corte simplista.

Más allá de lo que represente el nacionalismo y la identidad para cada cual, el reconocimiento político de la diferencia o la ideología de la banalidad, lo que vende el Sr. Mas es que el soberanismo „aprovechando que el Ter pasa por Gerona„ es la tabla de salvación frente a un tsunami del que es corresponsable por acción u omisión. Asegura que el derecho a la libre expresión (consulta popular o referéndum), tras las elecciones, es consustancial a la democracia, aunque el camino para hacerlo efectivo pueda conculcarla, sin que tampoco haya demostrado, a día de hoy, que la disgregación vaya a aportar mayores cotas de justicia.

En cualquier caso, será tema a resolver tras los comicios y centrará una siguiente columna de opinión. Entretanto, quizá conviniese, a votantes o meros espectadores, rebajar la tensión. Si el problema tiene solución no hay que preocuparse, y si no la tiene, tampoco. Es lo que aconsejaba Confucio, tal vez intuyendo la que se avecinaba. Un consejo tan acertado como la afirmación de que uno pertenece más a su tiempo (y a los chuzos que caen) que a su país. Aunque a Artur Mas no le haya convenido estar de acuerdo y prefiera la huída hacia delante, apostando por un "narcisismo de la diferencia" que haga tabla rasa con sus errores. Y luego, una vez conseguido su objetivo, ya se verá.