Lo sé, el término no existe. Se trata, si quieren, de un neologismo de gusto más que dudoso. Los bancos, en connivencia con los políticos, nos pusieron delante el caramelo de la hipoteca. Muchos probaron y vivieron una época más o menos gloriosa. O, como mínimo, más que decente. Ahora, con el agua al cuello, maldicen a los bancos y querrían dinamitarlos. También vemos cómo el dinero que le inyectamos, previa sangría a nuestra economía, es tragado por el hambre y la sed bancaria. Nadie sabe dónde va ese dinero, aunque lo intuimos.

Algunos, afectados por una depresión de caballo y desesperados, optan „y decir, en este caso, optar, queda algo frívolo„ por zanjar el asunto quitándose la vida. Nadie obligó a aceptar unas hipotecas que, a la postre, se han convertido en puro veneno. Es muy fácil, por otro lado, sentar cátedra sobre un tema tan espinoso y a toro pasado. Se hicieron cábalas y cuentas de la vieja. Se trataba de vender esa propiedad por el doble o triple de su valor real. También sabíamos que no existían valores reales y que el precio lo ponía el mercado, es decir, un probable comprador forrado que nos pagaría el oro y el moro por nuestro inmueble. Seguimos programados para el progreso: el futuro siempre será mejor que el presente, y no digamos muy superior al pasado. Sin embargo, la historia está repleta de altibajos, de pasados gloriosos y de futuros que serían negros. Ahora volvemos a comprobarlo. De la gloria de la burbuja a la miseria actual. La operación no podía dar resultados más halagüeños. De entrada y, sin pararnos a pensar mucho, nuestra tendencia es la de maldecir a los bancos y a los políticos. De acuerdo, pero esto tan sólo es la mitad de la naranja. La otra mitad, el resto de responsabilidad va a nuestro cargo. Nuestro vínculo con los bancos ha llegado a ser muy pegajoso. Si cae la banca, nuestros ahorros, depósitos y fondos también se despeñan, y todos acabaremos yéndonos por el mismo desagüe.

De este modo, hemos llegado a un estado casi esquizofrénico: el de temer/desear el estallido de los bancos. Los ponemos de vuelta y media, con razón, pero al mismo tiempo tenemos miedo a su muerte. No en vano, ahí duermen o, mejor dicho, sufren de insomnio nuestros dineros. Cuidado con eso. A mí también me gustaría descargar todas las culpas a la banca y a los políticos, ese tándem por otra parte muy lamentable. Ahora bien, aquí participa más gente. Y esa gente somos nosotros, o una buena parte de nosotros. Ahora que UM ha sido calificada, no como un mero y ramplón partido político, sino como una banda de delincuentes, podemos pensar también que la corrupción no es una excepción, sino que forma parte del modelo económico, en fin, que sustenta todo este entramado. Es cierto que hay que tener mucho temple para rechazar ese caramelo de las hipotecas, que el hecho de ser propietario otorga un estatus, como si ir de alquiler fuese una práctica de pobres, cuando es del todo falso en otros países mucho más boyantes que el nuestro. Podemos ir más lejos en nuestra crítica a los bancos y afirmar sin rubor que son peores que los usureros. ¿Peores, dice usted? Sí, porque el usurero expone su propio dinero, mientras que el banco expone el nuestro como si fuera suyo. Hemos alcanzado la pura abstracción, la invisibilidad del dinero. Esa abstracción se ha perfeccionado hasta límites que desconocen la compasión. No somos humanos, somos cifras. No tenemos rostro, sino dígitos y cuentas pendientes, deudas. De ahí, la falta total de sensibilidad ante los desahucios y ante los dramas, en muchos casos mortíferos, de quienes se sienten asfixiados. El lema suena así de crudo: has mordido el anzuelo, ahora te fastidias. Duro, muy duro. La razón helada de la economía: si no pagas, a la calle. Dura lex. De acuerdo, pero debería de haber zonas de refugio, cierta compasión con quienes han alimentado y están alimentando la panza insaciable de la banca, que al final siempre cae de pie y obtiene inconmensurables beneficios. Estamos atrapados: banquificados. Ellos nos ahogan, pero sin ellos somos nadie. Dicho de otro modo: damos de comer a nuestro verdugo que, a su vez, es nuestro protector. Dan ganas de reírse a mandíbula batiente, no sé si a causa del humor negro o de desesperación.