La sacrosanta BBC, el modelo repetado por el universo mediático/político occidental, no es tan sacrosanta como se presumía. Sucede en las mejores casas a poco que se bucee en su interior. "Todas las familias dichosas se parecen; las infelices lo son cada una a su manera", decía Tolstoi en Ana Karenina. La BBC ha pasado del gozo „la satisfacción de ser el emblema de la credibilidad„ a la desventura, y en esta última fase cuaquier nimia contrariedad adquiere contornos voluptuosos. Los problemas surgen desde todos los ángulos en casa del pobre.

La BBC afronta ahora otro cambio radical, que ha de derivar en nuevos dilemas. La escultura de hielo que ha provocado el último lance se llama George Entwistle, el director general de la cadena, 54 días al mando de la nave. El señor Entwistle se negó a emitir una investigación sobre la actividades sexuales de una de sus antiguas estrellas, Jimmy Savile. Le consideraron entonces un hereje. Estos días, en cambio, el director general resolvió lanzar por las ondas un reportaje en el que se acusaba a un político conservador „tesorero de los tories en los años 70 y en la actualidad residente en Italia„ de mantener relaciones sexuales con quinceañeros. O abusar de ellos directamente. Como en los cotilleos del hipogastrio no suele haber nada perecedero, el hombre que había denunciado al político se desdijo, lo que dejó a la BBC nadando en un subsuelo de detritus y con la "credibilidad" rota en mil pedazos. La cadena ha tenido que pedir disculpas.

La expiación pública apenas ha servido para calmar la tormenta.

Hasta el punto de que los doctrinarios se han subido a pilares muy altos desde los que predican los problemas "verdaderos" de la cadena. La tesis dominante es que el drama que vive la BBC no proviene de algunos fallos personales, ni es atribuible a una cadena de circunstancias, sino que se debe al drástico recorte de personal sufrido en los últimos años: la cadena es más frágil, está más expuesta a errores, porque la división del trabajo ha sido mermada desde que el laborismo inició el tijeretazo en 2004. Siete mil empleos menos, que han acabado por desequilibrar el área de informativos, ese monumento que la BBC entregaba a diario al mundo. La otra tesis, la del azar, también posee sus partidarios porque engarza con los latidos bastante insípidos del director general caído en desgracia: Entwistle no sabía „según declaró a la propia BBC„ que se iba a emitir el reportaje de escándalo sexual, ni tampoco conocía que The Guardian lo había publicado ya, ni siquiera estaba al cabo de la calle de lo que se programaba en los informativos. Pretendía apartarse para evitar que se le acusara de haber interferido en los contenidos. El argumento de Entwistle lleva al absurdo la famosa política de no injerencia de la cadena. Si son los profesionales los que elaboran las noticias, deciden las investigaciones y determinan cuáles ha de contemplar el telespectador, ¿qué hace el director general? ¿Jugar al bridge?

En fin, el baluarte mediático del orgullo británico hace ya años que se resiente. Su pulsión es otra y más débil. Si hoy colisiona con Downing Street „con Blair tuvo un enfrentamiento abierto„ su posición se desvanece en un verso muy límbico y ominoso. Cuando Thatcher echó al director general Milne por izquierdoso al menos había motivos "políticos": programas sobre Thatcher, el tratamiento de la guerra de las Malvinas, la huelga minera. Hoy desaparece su sucesor lejano por un culebrón más o menos sexual. El tránsito de las esperanzas políticas a la sociedad del espectáculo en carne cruda.