Las elecciones presidenciales y legislativas en Estados Unidos han dejado a grandes rasgos las cosas como estaban. Barack Obama era el presidente y lo será cuatro años más. La Cámara de Representantes del Congreso, que controla el grifo del dinero federal, tenía mayoría republicana y la seguirá teniendo. En compensación el Senado, donde la mayoría era demócra, continúa en la misma situación. No importa si Obama ha ganado por más o menos distancia: al menos durante dos años más, hasta la próxima renovación de los representantes, el presidente y el parlamento bailarán la danza del contrapeso y deberán elegir, día tras día, si llegan a acuerdos en las cuestiones importantes o si dejan que la cosa se hunda para poder culpar al otro. Y no tardarán mucho en pasar la primera prueba: a 1 de enero las arcas federales pueden despeñarse si el Congreso no adopta determinadas decisiones sobre endeudamiento.

Como siempre en estos casos, no han faltado los comentarios sobre la sabiduría de los electores estadounidenses, que han repartido los huevos en cestos diferentes y han evitado que ninguno de los dos partidos acumule demasiado poder. La tesis sería que el conjunto de los ciudadanos han decidido que no quieren ni que Obama vaya muy lejos en su programa socialdemócrata, que acrecienta el gasto público, ni que la radicalidad ultraderechista del Tea Party marque la pauta del país. En último extremo, nos encontraríamos ante la herencia de los padres fundadores, una gente que desconfiaba del poder y que construyó un sistema institucional pensado para limitarlo. Sería pues un voto sabio de sociedad madura, que debería causar envidia al resto del mundo y sobre todo a los temperamentales latinos, que damos todo el reino, el poder y la gloria a un líder pero inmediatamente le segamos la hierba bajo los pies.

Pero este análisis me presenta un problema de comprensión: no entiendo cuál es el mecanismo que utilizan los votantes para ponerse de acuerdo entre ellos y lograr este resultado tan equilibrado. No tengo noticia de reuniones de representantes vecinales para determinar quién debe votar qué. Deben de ser reuniones secretas. ¿Y como lo reparten? ¿Por orden alfabético? ¿De la A a la J todo demócrata, de la M a la Z todo republicano, y los de la K y la L un voto diferente en cada urna? Francamente, cuesta creer. Pero si no se ponen de acuerdo, ¿como lo hacen?

Me temo que no lo hacen. Que cada uno vota lo que le parece. Y que hay de todo: voto homogéneo, voto dividido y abstenciones parciales. Pero lo cierto es que el contrapeso funciona.