Cada cuatro años, en los primeros días de noviembre, coinciden dos actos que renuevan cierta fe en la civilización: la concesión del Premio Goncourt -que los literatos siguen con afectuosa curiosidad- y las elecciones presidenciales de EE UU -que el mundo sigue, de reojo o no, con distintos grados de complicidad-. Este año, ambos han coincidido incluso el mismo día. El sermón de la caída de Roma, de Jérôme Ferrari se ha impuesto sobre Peste & Chólera, de Patrick Deville, tras ajustadas votaciones en las primeras vueltas. Barack Obama ha hecho lo mismo tras el paréntesis de unidad nacional que provocó el ciclón Sandy. Si nada digo de Romney y los dos cafres de las violaciones, es por no ofender a Patrick Deville, que además de excelente escritor es amigo y ha escrito en Peste & Chólera no sólo uno de sus mejores libros, sino una grandísima novela.

Ambas fiestas, la que se celebra en el restaurante parisino Drouant y la que se celebra tras el recuento de votos en EE UU (este año en Chicago), son la demostración de que lo mejor -sin olvidar que también lo peor- del espíritu del hombre se encierra en las palabras. En este caso las de una novela -parábola centrada en la vida y hundimiento de un bar corso que varios amigos intentan reflotar, con San Agustín y su época al fondo-, y las de un brillante discurso: el de Barack Obama tras su reelección.

Obama es un presidente que sabe que las palabras consuelan y unen y dan fuerza cuando ésta es necesaria. Lo sabía antes de ser presidente y más lo sabía ahora que ya lo era. Pero en las anteriores elecciones y pese a la calidad de sus discursos, lo superó el candidato republicano Mc Cain quien, tras su derrota, hizo uno de los mejores discursos nacionales (contemporáneos, se entiende) que hayamos oído. Algunos aún recordamos aquellas palabras con la nostalgia de quien no las ha escuchado nunca en su propio país. Mc Cain habló del "extraordinario privilegio de servir a su país": privilegio y servir, tomen nota. Habló de "ayudar, juntos, a restaurar nuestra prosperidad y dejar a nuestros hijos y nietos un país más fuerte y mejor que el que heredamos". Habló de "no desesperar ante las dificultades del presente, porque nada es inevitable".

Lo mismo ha ocurrido ahora con el nuevo discurso de Barack Obama. Un discurso sobre la esperanza -"eso que permanece dentro de nosotros a pesar de las dificultades, de las frustraciones de la política y de las pruebas en contra"-, sobre "afrontar todos juntos el futuro", sobre su fe en la clase media y su orgullo de presidir un país "más unido de lo que hace creer la confrontación política y menos cínico de lo que creen los expertos" y donde "somos más grandes de lo que son nuestras ambiciones individuales". Y de repente, algo tan desprestigiado en España como la política, parecía un arte noble: el arte noble de las palabras. Lo parecía y lo era. No sé por cuánto tiempo, pero lo era. Porque en ese momento aquellas palabras estaban alejadas de todo lo que rige la vida pública considerada como estrategia: la coyuntura, el oportunismo, las encuestas, la moda, el lenguaje de la mentira€ Y no era difícil pensar que lo que ha sido puede volver a ser: deberíamos hacerlo en la época del desprestigio público, no sea nos arrastre también con él.

Me lo dijo un buen amigo que dedicó años a la política, tras haberlo escuchado: la política son palabras. Y lo decía con una admiración que no suele prodigar más que frente al arte y el pensamiento. Después pensé que en el discurso de Obama estaban los dos y que la coincidencia este año entre el Goncourt y la reelección presidencial no debería ser casual. En la novela de Ferrari está el desastre que se oculta tras la voluntad de hacer las cosas bien, cuando no estamos preparados para hacerlas, y cómo ese desastre puede acabar con todo lo que habíamos levantado y aún con más. Civilizaciones como la Roma de la época de San Agustín, que se creían y parecían indestructibles, también cayeron. En el discurso de Obama estaba el reverso de eso: no hay caída porque siempre podemos levantarnos y esto sólo puede hacerse entre todos. Es el viejo pesimismo de la literatura -en cuanto memoria del hombre- frente al optimismo voluntarista de la política -en cuanto fe en el futuro-. Que sólo se consigue cuando las palabras están unidas a las conductas y a los hechos y proceden de la voluntad de esos hechos y esas conductas. Es la vieja diferencia entre la ilusión -que cohesiona y hace más fuertes- o el espejismo -que nos hace creer lo que no somos y nos conduce al desastre-. Algo sabemos de eso por aquí: de la frágil arquitectura de las esperanzas falsas sabemos más de lo que querríamos saber. Vemos cómo la astucia prima sobre la sabiduría y la fe en las palabras es inexistente, salvo cuando se trata de medrar o manipular o jugar con fuego. Y quizá todo consista en creer de verdad las palabras que se dicen, de la misma forma que en una novela las palabras crean una realidad tan potente como la realidad misma. Y muchas veces, más.