Cuando llegó al cine el primer Bond (007 contra el Doctor No, 1962), el mundo era promisorio. Podemos asociar esas promesas al auge del capitalismo industrial, a las esperanzas ilimitadas en la técnica, a las certidumbres morales de la guerra fría o a las vísperas de las grandes novedades de los años sesenta, incluido, claro, el sexo sin barreras. Cincuenta años son el período que media entre el esplendor juvenil y la amenaza severa del crepúsculo, pero también entre la arrogancia y la sabiduría. El capitalismo se ha ido de las manos, la industria se ha marchado a otra parte, la moral no se refugia ya ni en el cinismo y el sexo ha pasado de droga a carburante, pero en hacer la parodia de lo que fue el mundo en cuya inercia aún chapoteamos „como hace Sam Mendes„ y en mantenerse a flote con cierta compostura hay, si no dignidad, al menos decoro, y el buen humor y la ironía son los mejores conservantes.