Leo en Google que todavía se fabrican huchas, cosa que me extraña porque desde hace tiempo no he visto huchas en las habitaciones de los niños ni en los escaparates de las tiendas de juguetes (aunque me pregunto si existen aún las tiendas de juguetes). Por lo que veo en esa página web, se siguen fabricando huchas con la forma tradicional del cerdito, aunque también las hay con forma de cabina telefónica o de autobús de dos plantas o incluso de Pinocho de Walt Disney. También veo huchas con formas más raras „o más modernas, no sé„, porque algunas huchas son máquinas tragaperras, lo cual constituye un delicioso oxímoron, ya que una hucha con forma de tragaperras usa dos ideas contradictorias „el ahorro y el juego„, algo que vendría a ser como una Sociedad de Buenas Costumbres que se anunciara con una conejita de Play Boy.

No creo que los fabricantes de huchas hayan ganado mucho dinero en estos últimos tiempos de gasto enloquecido. Pero las huchas formaron parte durante muchos años del mundo de los niños, y en las casas eran una presencia que a veces alcanzaba la categoría de un pequeño dios doméstico, como aquellos dioses lares y penates de los romanos que vigilaban la despensa y las provisiones familiares. Mi padre, por ejemplo, me regaló una hucha hace siglos, cuando yo era niño ("una lladriola", la llamaba él, con un vocablo maravilloso que no sé si todavía se usa), y supongo que a muchos niños de mi generación les pasó lo mismo, y esa costumbre se extendió a lo largo de los años 60 y 70 y llegó hasta los 80. Y durante esos años, en casi todos los dormitorios de niños se veía una hucha, casi siempre vacía, quizá sólo decorativa, quizá nunca usada, pero que al menos servía como una especie de silenciosa enseñanza moral. En los años 60 y 70 todavía se vivía en una sociedad que guardaba una memoria muy viva de la precariedad y de las estrecheces, así que la hucha era un recordatorio de que había que estar preparado para los malos momentos y los súbitos cambios de fortuna. Y todas las grandes virtudes de las clases medias europeas „el ahorro, el esfuerzo, el trabajo bien hecho, la cautela, el sentido común„ se fundaron sobre esa idea simbolizada por la hucha que se veía en el dormitorio de los niños: una idea inamovible de austeridad y previsión y de prudencia, porque nadie aseguraba que el futuro iba a ser siempre de color de rosa y las cosas iban a salir siempre bien.

Hasta me atrevería a decir que la idea fundacional del Estado del Bienestar surgió de todo lo que simbolizaban esos cerditos de porcelana o las "lladrioles" de barro que los padres regalaban a sus hijos, con su consejo silencioso de que el dinero no podía desperdiciarse y había que guardarlo para cuando las cosas pudieran torcerse. Porque todo el mundo sabía, en las sociedades en las que los padres regalaban huchas a sus hijos, que las cosas se torcían y la prosperidad no era ilimitada. Había guerras, crisis económicas, desastres repentinos, rachas fatídicas de mala suerte. Y para eso estaban las huchas sobre la repisa de los dormitorios, al lado de las pistolas y los castillos y las muñecas. Y para eso estaban los mecanismos que los estados previsores habían preparado para solventar las situaciones complicadas: pensiones de jubilación, indemnizaciones por despido, prestaciones de desempleo, ayudas a los más desfavorecidos€

Luego, claro, la mentalidad que había hecho posible el Estado del Bienestar cambió por completo, porque en los años 90 entramos en la era del consumo irrefrenable (la Era de la Irrealidad, como me gusta denominarla). De pronto el dinero dejó de ser visible y se convirtió en una simple tarjeta de crédito, así que ningún niño podría tener nunca en su dormitorio una hucha de barro. Y de pronto empezamos a ser todos muy modernos y muy fashion, y nadie se preocupó ya de la idea de previsión o de la idea de ahorro, porque esos conceptos eran ideas anticuadas que no tenían nada que ver con la nueva sociedad en la que vivíamos. Y esa irreflexión que nos empujaba al consumo enloquecido se ha prolongado hasta hace cuatro años, cuando de repente estalló la crisis y todo ese mundo ficticio „la burbuja inmobiliaria, la burbuja financiera, la burbuja hipotecaria, la burbuja especulativa„ se desplomó de la noche a la mañana, y nos encontramos con que no teníamos nada, ni siquiera un cerdito de barro en el que habíamos guardado unos pocos billetes arrugados.