Tengo una amiga que estudió Derecho y que por circunstancias de la vida no ha tenido más remedio que dedicarse a vender cosméticos para una conocida firma estadounidense. Me cuenta el ridículo que pasa cada vez que a la compañera que más potingues ha logrado colocar a la gente le ciñen la frente con una corona de flores en las reuniones que celebran periódicamente para estimular así al equipo de vendedoras.

Es una técnica norteamericana copiada aquí, como en otras partes, en cadenas de supermercados u otras grandes superficies en las que cuelgan una foto del empleado o la empleada modélicos del mes, siempre sonriente.

Me ha llamado por eso la atención un reportaje que dedicaba últimamente una revista alemana a las técnicas que allí también emplean muchas empresas para fomentar el espíritu de equipo y yo diría que incluso la esclavitud voluntaria entre sus empleados en tiempos en los que, como ocurre aquí, les resulta cada vez más fácil a las empresas despedir a sus trabajadores.

Las estratagemas son múltiples y van desde los masajes o los guateques en el lugar de trabajo hasta las excursiones de fin de semana con la práctica de deportes como la pesca, el alpinismo o incluso los de más alto riesgo.

Hay incluso quien en aquel país ha hecho un negocio del alquiler de carros de combate a empresas diversas que luego sientan a sus mandos a sus empleados como si jugaran a la guerra. El avispado dueño de ese negocio declaró a la revista "Die Zeit" que el pasado verano tuvo entre sus clientes a un centenar de gestores financieros de la India, que condujeron los tanques tocados con sus turbantes.

Según indican las encuestas, en un país con falsa fama de trabajadores entregados voluntariamente a sus empresas, sólo un 14 por ciento sienten una vinculación emocional con la firma donde prestan sus servicios mientras que un 63 por ciento se limitan a hacer lo imprescindible para que no los despidan.

Para fomentar la dedicación entre los empleados y obtener de ellos el máximo rendimiento, las empresas recurren cada vez más a gabinetes de psicólogos, que organizan juegos, actividades en común fuera de las horas de trabajo, e incluso recomiendan la composición de algún himno que puedan entonar diariamente aquéllos al empezar su jornada.

Uno piensa inmediatamente en técnicas dignas de Corea del Norte, pero resulta que hay un músico llamado Charlie Glass, que se dedica en Alemania precisamente a componer himnos para empresas, desde bancos como el Hypovereinsbank hasta la Volkswagen o la Bosch.

Dice cobrar en cobrar en torno al millar de euros por cada encargo, que puede llevar un título como el de "We are the champions" ("Somos los campeones", en inglés, como corresponde).

Con esas y otras estratagemas, como puede ser la concesión a los empleados de jornadas flexibles, muchas empresas han conseguido aumentar las horas extraordinarios que aquéllos están dispuestos a hacer voluntariamente.

Así, el año pasado, según el Instituto de Investigaciones Económicas de Halle, los en torno a 40 millones de trabajadores alemanes hicieron en total más de 1.000 millones de horas extraordinarias no remuneradas. Y, lo que no debe extrañarnos, según calculan las aseguradoras, desde 2004 se ha multiplicado por nueve la cifra de trabajadores víctimas de agotamiento. Con trabajadores así, ¿para qué queremos sindicatos?