La doctrina constitucional enseña que, en el ámbito internacional, el derecho de autodeterminación tiene un sentido restringido: se aplica a naciones subyugadas por fenómenos coloniales que pretenden su emancipación. Sin embargo, en aplicación del principio democrático, y como ha reconocido la doctrina, no tiene sentido negar el derecho, en ciertas condiciones, de poblaciones homogéneas, extendidas sobre un territorio determinado, a decidir su destino. El Tribunal Supremo de Canadá, en su famoso dictamen de agosto de 1998 sobre Québec, estableció las condiciones democráticas de la secesión de una región en el marco de una constitución democrática, es decir, de modo civilizado, pacífico y ajustado a los grandes principios del derecho.

Dicho esto, es claro que el nacionalismo catalán no está planteando una serena y meditada pretensión independentista sino recalentando con indisimulado populismo una tensión separatista basada en un memorial de agravios y en una mixtificación de la realidad, de la historia y de sus propias ambiciones (Cataluña vinculada directamente a Europa), con las que enardecer y engañar a la ciudadanía. A una ciudadanía exasperada por la crisis económica, que a su vez es el fruto de una pésima gestión de la economía, imputable también en una parte sustancial a los políticos catalanes de antes y de ahora.

El mensaje populista es dual: por un lado, se ha construido la imagen de una España expoliadora y avara, que no se tiene en pie. Es posible que haya habido algún ocasional desajuste en la equidad en las inversiones públicas de los últimos lustros „imputable sin duda a la tendencia del Estado a tratar de rescatar a las regiones más pobres„ pero es falsa una animadversión sistemática hacia Cataluña de los gobiernos del Estado, ni siquiera en la etapa franquista (conviene leer la historia económica del período, que explica que Cataluña y el País Vasco fueron regiones privilegiadas por la dictadura en materia de industrialización, entonces dirigida). Sí puede entenderse la irritación suscitada por el "agravio" de la poda realizada sobre el Estatut por el Tribunal Constitucional, pero en buena ley debería relacionarse con la exacerbada heterodoxia del tripartito al redactar aquella carta, que no casaba en modo alguno con los fundamentos constitucionales.

Por otro lado, se ha dibujado un futuro idílico para embelesar a los electores: Cataluña independiente sería una privilegiada nación en medio de la Unión Europea€ que ya no tendría que mostrarse solidaria con otras regiones malgastadoras del Sur y que, libre de cargas „ni deuda pública ni ejército„, ofrecería a sus ciudadanos un nivel de vida paradisíaco.

Pues bien: ni agravio ni paraíso. Es falsa aquella lectura cicatera y la secesión en una Europa que tiende a integrarse resultaría muy onerosa. Entre otras razones porque varios Estados de la UE todavía no han reconocido ni a Kosovo por razones obvias: Eslovaquia, Grecia, Chipre, Rumania y España. Cataluña, severamente empobrecida y aislada, tendría que someterse a un duro proceso de aclimatación antes de salir del ostracismo. Y todo ello ha de ser conocido y meditado por unos catalanes que siempre han hecho gala de un gran sentido común „el proverbial "seny"„ y que probablemente estén ahora ponderando con espíritu crítico el indigerible menú populista que sirve a los incautos la Generalitat.