Cuando yo llevaba dos o tres días trabajando en una universidad americana, me encontré un folletito en mi casillero. Empecé a leerlo pensando que se trataba de una guía de consejos sobre la vida en el campus. "Apague su teléfono móvil", "Levante las manos y separe bien los dedos cuando llegue la policía", decía el folleto. Aquello era muy raro. ¿Levante las manos? ¿Separe bien los dedos? ¿Y por qué tenía que llegar la policía? Seguí leyendo: "Cuente el número de armas del asaltante o asaltantes", decía un consejo. "No intente nunca desarmar al asaltante a menos que su vida esté en verdadero peligro", decía otro. Y entonces, alarmado, me fijé en un escudo que se veía al final del folleto. Era del Departamento de Seguridad Interior. Sentí un escalofrío, que se repitió cuando encontré el título del folleto: "Instrucciones en caso de tiroteo en el campus".

Nunca me había imaginado una cosa así, pero recordé la matanza en el campus de Virginia Tech „que está a tres horas de aquí„, cuando un estudiante coreano mató a tiros a 32 estudiantes y profesores, entre ellos el admirable profesor Librescu, que se interpuso entre el asesino y sus alumnos para que éstos pudieran escapar. La masacre de Virginia Tech fue en el 2007, y el estudiante coreano que la perpetró admiraba a los dos autores de la matanza en la escuela secundaria de Columbine, en Colorado, que ocurrió en el 99. En Columbine murieron 13 alumnos y profesores antes de que los autores se suicidaran. Y ahora leo que el estudiante que tenía preparado un atentado con explosivos en la UIB de Palma era un admirador de los asesinos de Columbine. Me pregunto si conocía al asesino de Virginia Tech, de nombre Cho, que también acabó suicidándose después de realizar la matanza.

Hay algo muy inquietante en todo esto. El estudiante coreano peleado con el mundo que cometió la masacre de Virginia dejó un montón de mensajes cargados de resentimiento paranoide y de narcisismo nihilista, dos sentimientos que suelen presentarse juntos porque se alimentan el uno al otro. Cho odiaba a sus compañeros de universidad, a los que consideraba "niñatos ricos" y a los que llamaba "charlatanes decadentes", sin darse cuenta de que muchos de esos estudiantes tenían becas o trabajaban como bestias para pagarse sus estudios. Y peor aún, Cho les acusaba a ellos „es decir, a sus víctimas„ de ser los responsables de la matanza, porque "ellos" le habían empujado a hacerlo con su actitud y su conducta despreciables. Este bucle argumentativo, que siempre acaba responsabilizando a un culpable externo ("ellos", "los esnobs", "los ricos"), es el fundamento del delirio narcisista de estos psicópatas sociales, porque en el fondo les exime de toda responsabilidad al mismo tiempo que les otorga una supuesta superioridad moral. Y esa forma de argumentar, por cierto, era la misma que usaban los grupos terroristas como ETA, por ejemplo, y es la que usan aún los sicarios de Al Qaeda.

El problema es que se está extendiendo entre nosotros un discurso nihilista que se parece mucho a los delirios del coreano Cho. Todas las frustraciones se deben a los demás, todos los fracasos son culpa de los otros, y alguien tiene que pagar por nuestro resentimiento y nuestra frustración. Los foros de Internet están llenos de estas soflamas, igual que los comentarios de los lectores en las ediciones digitales de los periódicos. Y en el fondo, este tipo de argumentación „que funde el narcisismo hipertrofiado con el resentimiento y la rabia„ es la que alimenta muchos exabruptos independentistas, al igual que las consignas de muchos grupos neonazis o antisistema (ambos movimientos comparten las mismas motivaciones, aunque les cueste entenderlo). Y en estos últimos tiempos, también se percibe esa misma rabia nihilista en muchos intelectuales „o bueno, quizá sólo aspirantes a intelectuales„ que lanzan sus consignas virulentas contra todo el mundo, ya sean los ricos, los políticos, los mercados, los que nos roban, los que nos mienten o los que nos quitan lo que es nuestro. Ya sé que hay muchos motivos para estar enfadado, pero la rabia y la furia incendiaria no llevan a ningún lado, como no sea a la locura destructiva de Cho y de los asesinos de Columbine y del estudiante de Palma. Y por desgracia, muy poca gente se atreve a reconocer que cada uno de nosotros también tiene su parte de responsabilidad en mucho de lo que le ocurre.