Uno no acaba de creerse que el asunto de la independencia de Cataluña sea por motivos meramente económicos. O, por lo menos, no es la causa de fondo. Sin duda, algunos políticos catalanes pondrán sobre la mesa los sempiternos temas de la financiación. En dos palabras: pacto fiscal. Sin embargo, el latido de fondo es emocional. El discurso economicista, que todo lo impregna, pasaría más bien a un segundo plano, aunque este segundo plano sea muy importante y, además, sea el que siempre se imponga. Pero tampoco es fácil separar de un solo tajo la emoción del dinero. Sobre todo, CIU es la clásica formación política que juega a dos bandas: prudencia de cara al exterior y exaltación de puertas para adentro. Ahora que España va mal, han aprovechado para radicalizar posturas. En fin, que se han envalentonado. Cuando las vacas estaban gordas y rumiaban pasto fresco, el discurso era mucho más taimado. Les convenía estar arrimados a España. Ah, el corazón del dinero. Tampoco hay que olvidar que Cataluña está asfixiada por una deuda descomunal, y la culpa no siempre es de Madrid, como suelen decir, sino de los honorables de turno. Por cierto, a nivel autonómico, son Madrid, Baleares y Canarias las que sostienen el déficit de las otras comunidades, y entre ellas Cataluña. Tampoco hay que pasar por alto que Cataluña ha pedido un rescate al gobierno central, como si España estuviera sobrada de capital. Sabemos que España está a punto de pedir un rescate en toda regla. Del descalabro económico catalán tiene mucha responsabilidad la Generalitat, por no hablar de sus casos de corrupción, siempre muy bien tapados o, por lo menos, velados por una prensa, si no afín, al menos sospechosamente tímida y condescendiente con los chanchullos patrios. Más que nada para perpetuar esa patraña denominada oasis catalán. Ahora bien, vayamos al tema de la independencia. Hasta aquí, la economía. Porque hay un factor emocional, si quieren llamarlo así, que no hay que despreciar, y es que muchos catalanes no quieren seguir perteneciendo a un país llamado España. Así de sencillo. Y no por causas económicas. O no solamente económicas. Es una cuestión de piel. La palabra España les produce sarpullidos, como a muchos otros nombrar Cataluña les causa dentera. Éste es un tema que se debería tratar con mayor serenidad y menos bronca. Es fácil ponerlo por escrito, pero muy difícil llevarlo a la práctica. La palabra independencia siempre ha tenido buena prensa, y si a ésta le sumamos el término libertad, entonces ya estamos hablando de palabras mayores. Todos queremos ser independientes y libres, faltaría más. La panacea, vamos. La prensa internacional es muy sensible a ese tipo de fraseología. Ahora bien, si en un más que probable referéndum la opción del sí venciera, ¿cuál sería la situación de unos ciudadanos catalanes que no estarían dispuestos a vivir en un estado solamente catalán? ¿De qué modo se articularía el sentirse español y catalán de una tacada? Uno, se me olvidaba, tiene derecho a no sentirse ni español ni catalán y, sin embargo, seguir respirando sin hacer bandera. ¿Cuál sería, pues, esa situación? Como mínimo, se sentirían muy incómodos.

Y ahora, un inciso muy personal que me gustaría compartir con ustedes, ahora que nadie nos lee. Puestos a soñar, yo también tengo un sueño: Iberia, con permiso de mis queridos portugueses. Pero eso sería otro cantar, otro país que no se llamaría España, ni Portugal, sino Confederación Ibérica. Éste es un apunte que me gustaría desarrollar, incluso estaría dispuesto a matizarlo, pero ahí queda.

Mientras tanto, vemos pasar los insultos y las broncas, el cerrilismo de ambas partes expuesto sin tapujos en la Red. Y, precisamente, en ese ámbito también hay participantes que coinciden desde los opuestos. Es decir, un independentista catalán está de acuerdo en el objetivo final con un señor, pongamos, españolista. Ambos no tienen nada en común, excepto que están de acuerdo en la independencia de Cataluña. El primero verá, al fin, cumplido su sueño individual y colectivo de deshacerse de España, y el segundo respirará aliviado al quitarse, según él, un peso de encima. Visto así, si esto es guerra que no venga la paz. No entro aquí en la conveniencia política o económica de dicha independencia, pues habría mucho que discutir. Ni el Barcelona tendría que medirse con la Gramanet o con el Palamós, como se ha comentado, ni Cataluña vería bloqueado su posible ingreso en la Unión Europea. Cosas más extrañas se han visto. Si la inmensa mayoría de los votantes catalanes acepta la independencia, lo cierto es que tratar de taponar esa vía no deja de ser un suicidio, para el taponador y para el taponado. Es contraproducente. Más temprano que tarde, explotaría la furia por algún lado. Dicho en plata: la convivencia se tornaría aún más agria y fundada en el desprecio y en el odio. Así estamos. Hemos llegado a un punto, en principio, de no retorno. Tal vez, las cosas se calmen, pero uno tiene la intuición de que se trataría de una calma peligrosa, de un silencio lleno de amargura y recalentado por la tirria común. Pero situémonos en una Cataluña conformada como estado independiente. Durante los primeros años, aún habría quien echaría la culpa a Madrid de todos sus males. Más tarde, los dardos envenados irían al fin dirigidos al honorable presidente de la Generalitat de turno. No habría excusa y, ahora sí, la culpa sería estrictamente catalana. De ahí el alivio de ambas partes. Si uno rastrea la Red se dará cuenta de que el hartazgo circula en doble dirección.