17 de julio de 2011
17.07.2011

La compensación de los vivos

17.07.2011 | 08:30
La compensación de los vivos
La hermana de Oriana Fallaci ha puesto una demanda contra su hijo por la herencia de la famosa periodista italiana. La Fallaci había declarado a su sobrino heredero universal, pero su madre considera que esa herencia ha sido fruto de las malas artes de su hijo. Un clásico. La hermana de la Fallaci argumenta que su hijo mayor conspiró contra su hermano pequeño prodigando de forma interesada multitud de atenciones a la periodista, cuando ésta, enferma terminal, era muy vulnerable a cualquier muestra de afecto. No sé si recuerdan el genio de Oriana Fallaci; yo sí: era tremendo. Le daba lo mismo montar un pifostio a un presidente árabe que un zapatiesto a otro israelí. El libro que publicó después del 11-S sólo es una pequeña muestra de ese genio airado. Pero en la debilidad extrema hasta el arrumaco más descarado puede tentarnos. Y frente a su sobrino pequeño, que siempre la había tratado con afecto desinteresado, eligió a su sobrino mayor y sus ardides de cazafortuna familiar. No lo digo yo, lo dice su propia madre. Y es que hay verdaderos especialistas en el asunto: en Mallorca sabemos mucho de esto (y la frase, en este caso, créanme que es correcta).

Quienes también saben de estas cosas son los críticos literarios. Los que abundan por nuestro país, quiero decir. Ellos descubren genios después de muertos y esa es su herencia. Ha ocurrido siempre y seguirá ocurriendo: recientemente ha habido un par de casos maravillosos. El de un joven escritor canario de mi generación, que siempre será joven porque no alcanzó los treinta años y el de un poeta ya no recuerdo si salmantino o zamorano, pero de por ahí. Dos malditos. Nadie los conocía y menos los habían leido y ahora aparecen un día sí y otro también en los suplementos literarios. ¿Qué ha ocurrido? Pues que se han reeditado sus escasos libros y los mismos críticos –los mismos eh, no otros– que los habían despreciado desde el más absoluto silencio y desinterés (por no hablar de ignorancia), se desgarran ahora las vestiduras como vestales enloquecidas ante la calidad del descubrimiento post-mortem. Muy post-mortem porque se han pasado calladitos durante veinte años. Las alegrías, en vida, me decía un amigo, que muertos no vamos a enterarnos.
Pero la muerte continúa siendo un elixir para los vivos. La semana pasada moría un escritor de mi edad, Miquel Pairolí, y las páginas de los periódicos catalanes se llenaron de exégesis y lamentos. A mí me gustaba Pairolí: desde que, a mediados de los 90, descubrí su ensayo, tan villalonguiano, sobre Lampedusa –El príncep i el guepard–, y leí luego sus novelas El convit y El manuscrit de Virgili, Pairolí era uno de esos autores que consideras del club. Un club fantasmagórico en el que sus socios no suelen conocerse personalmente pero donde existe cierta afinidad de gustos y estéticas. A veces, el tiempo y la literatura hacen que llegues a encontrarte; éste no fue el caso y ya no lo será. Pero mientras tanto me llegaba alguna noticia suya, muy de vez en cuando, como si en vez de vivir en Girona viviera en la taiga siberiana y sus mensajes cruzaran Europa a caballo vía correo del zar. Que si Voltaire, que si Josep Pla... Que si sus artículos en periódicos... Que si sus dietarios... Que si vivía como un hombre antiguo –señor de tierra y hacienda– y tenía un carácter circunspecto y difícil... Que en qué medida eso –o quedarse en Girona– había afectado al conocimiento de la obra de Pairolí...

Hace pocos meses compré Octubre, su último dietario, y lo tenía reservado para leerlo entero –ya había picoteado aquí y allá por sus páginas– este verano. Ahora creo que voy a esperar. En principio para saber que me queda un nuevo Pairolí sin leer. Después para que la muerte no tiña e infecte, de una manera ú otra, su lectura. Como ha teñido e infectado su despedida, repito, en la que las mayores plañideras apenas habían movido un dedo en vida de Pairolí por defender su obra y ahora se ponen lazos de viuda. Un clásico, también, como esas maniobras del sobrino de la Fallaci en pos de la abultada herencia de su tía. En el caso de Miquel Pairolí no había bulto ni paquete, pero sí unos momentos de gloria parasitando el cadáver. Pues bueno.

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