El otro día, viendo "Plácido", esa película de Berlanga que siempre te descubre un detalle nuevo en el que no habías reparado las quince veces anteriores, me pregunté por qué sería imposible hacer ahora una película así. Es curioso que Berlanga rodase "Plácido" en 1961, en pleno franquismo y teniendo que enfrentarse a una censura que repasaba cada plano con suma atención, por si Berlanga le colaba un chiste que pudiera interpretarse como un ataque al régimen (ni siquiera había llegado la Ley de Información de 1965 que abrió un poco la mano de la censura). Porque lo más sorprendente de esa película es su libertad y su insolencia, o por decirlo en el lenguaje berlanguiano, su "contumacia" ("¡Pero este hombre es un contumaz! ¡Déjenmelo a mí!", grita el comandante que acude al piso donde se está muriendo un pobre que vive en pecado con una mujer y se niega a casarse "in articulo mortis").

Y vaya si Plácido es "contumaz" en su atrevimiento. Tanto que hoy en día –me juego lo que quieran– no sería posible rodar una versión actualizada de esta sátira feroz contra la hipocresía de los burgueses de provincias que acogen a un pobre en su casa para la cena de Nochebuena. Y eso que ahora hay miles de espectáculos bochornosos que se hacen en nombre de la "solidaridad", la palabra más maltratada y manoseada de nuestro vocabulario. Imaginemos una película que retratase el trasfondo real de las maratones solidarias de algunas televisiones, o que pusiera en solfa a los actores famosos que se las dan de filántropos y rifan una foto suya para una ONG en un acto organizado por un organismo público que ha costado cien veces más de lo que nunca se podrá recaudar con la rifa ("Coma más langostinos, señor Estandartes, coma, coma, que son de Sanlúcar y los paga el alcalde", diría el equivalente actual de un Gabino Quintanilla). O pensemos en los deportistas "solidarios", o en los futbolistas "comprometidos contra la violencia", o en los famosos que le "sacan la tarjeta roja" a la explotación sexual, o en esa multitud de cantamañanas que protestan ante las cámaras –porque de otro modo nunca protestarían- contra el cambio climático, o contra el hambre en el mundo (y nunca contra el hambre de la gente que vive en tal o en cual barrio de su propia ciudad), o contra la pobreza en el Tercer Mundo, o contra el sida en África, o contra los niños esclavizados en Bangla Desh, un lugar que ninguno de ellos sabría situar en un mapa.

¿Qué director de cine se atrevería a rodar esto? ¿Y qué productor se atrevería a financiarlo? ¿Y qué cadena de televisión se arriesgaría a promocionarlo? La respuesta es fácil: ninguno. Porque ningún cineasta actual ha retratado los miles de abusos que esta sociedad –tan beata y tan hipócrita como la franquista– comete en nombre de la solidaridad y de la "germanor". Y lo más probable es que ninguno sea capaz de hacerlo en el futuro. Faltan agallas y falta lucidez. Y sobre todo, falta la "contumacia" de Berlanga, ese deseo irreprimible de molestar a los poderosos de verdad, que no son los curas o los tiburones financieros, o mejor dicho, que no son sólo los curas y los tiburones financieros, porque también hay muchos poderosos "de izquierdas" empotrados en las estructuras del poder.

Y yendo más allá, incluso me pregunto si hoy en día sería posible un personaje como el del industrial catalán que buscaba una subvención para sus porteros automáticos en una cacería franquista (el Jaume Canivell que interpretaba el grandísimo Sazatornil en "La escopeta nacional"). ¿Quién se atrevería a sacarlo ahora? Porque un personaje actual que se pareciera al de Jaume Canivell (una especie de Joan Laporta paseando a su Miss Uzbekistán por un club de polo para conseguir financiación y contactos) suscitaría las protestas airadas de la Generalitat –"Se ha insultado la dignidad de Catalunya"–, y después llegarían las amenazas de los exaltados, y los boicots, y las campañas en Facebook, hasta conseguir que el lloroso director pidiera disculpas arrodillado ante la Abadía de Montserrat. Y lo mismo, ojo, pasaría con cualquier personaje que pudiera interpretarse como una broma contra La Rioja o Extremadura o cualquier otra autonomía. No, no, un Jaume Canivell sería imposible en la España actual de las libertades y las autonomías, lo mismo que sería imposible una versión actual de "Plácido". ¿No es ésta la más trágica de las ironías berlanguianas?