El mundo les pertenece. Empezaron vagando por la red, yendo de un link a otro y tiro porque me toca, se convirtieron en delincuentes informáticos y, por fin, llegaron a ser los jefes del espacio virtual. Zuckerberg, el inventor de Facebook. Bill Gates, el factótum de Microsoft. Son dos ejemplos. Facebook, por lo que se cuenta, nace gracias a un ataque de rabia y rencor. La típica historia de un rechazo amoroso y la subsiguiente venganza. Zuckerberg, el solitario, el receloso se venga de la chica difamándola en internet. A menudo, los inicios de las grandes empresas suelen ser banales, incluso sonrojantes. Todo nace del resentimiento. El solitario resentido que se dice a sí mismo: nunca más volveré a estar solo, y entonces se dedica a expandirse, a conectar, a crear vícnulos y lazos virtuales desesperadamente prolíficos. La palabra amigo cambia de un día para otro, su antiguo significado pierde exclusividad para convertirse en moneda de cambio, en una palabra manoseada y, por tanto, sin lustre. Tener 511 amigos no es moco de pavo. El amigo pasa a ser un contacto, y el contacto gana prestigio con la palabra amigo. Zuckerberg, tras las calabazas de la chica en cuestión, se dijo que nunca más, que a partir de ahora "voy a tener un millón de amigos". En la amistad hay cierta reserva, cierto pudor, una complicidad más o menos secreta y un entendimiento implícito que no necesita ser aireado a los cuatro vientos. Pero la cosa parece haber dado un giro importante.

El hacker es un tipo que pasa de la clandestinidad al brillo mediático en un abrir y cerrar de ojos. Antes andaba por la red fastidiando al personal, reventando los sistemas de seguridad, entrando y saliendo como Pedro por su casa por las páginas web, distorsionando o cortocircuitando la comunicación. Posee todas las claves y, por tanto, es capaz de conseguir información muy valiosa, pero también de mandar a hacer puñetas todo el sistema informático. De ahí, el respeto y el miedo que provoca. Vale para estar al lado del poder como para dinamitarlo. No se puede pedir más. Uno se hace ha-cker, entre otras cosas, gracias al aburrimiento y el excesivo tiempo libre. Entonces, claro, se pone a pensar maldades y a elucubrar con el temible "qué pasaría si ahora yo…" Un hacker –como todo el que tiene poder– puede ser indistintamente criminal y policía. Tiene la posibilidad de sabotear, pero también la de crear conexiones inefables. No he visto aún la película sobre la figura de Zuckerberg, pero uno se lo imagina a solas en su habitación con el rostro azulado por la luz de la pantalla, tecleando cual poseso y dibujándosele en los labios una sonrisa discretamente malvada. Y así hasta las tantas de la madrugada. No nos engañemos: el verdadero poder no reside en donde creemos que está, sino en estos seres que poseen las claves más secretas del universo informático. Ángeles y demonios de la red. No se puede pedir más. Todo puede empezar como un simple juego, pero puede acabar como algo bastante más serio. De ahí que los capitostes se los quieran hacer suyos, contratándolos para sus empresas o gobiernos. Han comprendido que no es aconsejable tenerlos como enemigos. De la delincuencia al poder, de nuevo, solamente hay un paso. Aún más: a menudo son equivalentes.