Cada una con su estilo, las casas reales de España y Gran Bretaña. La primera, tal vez por la interrupción comatosa de cuatro décadas de dictadura, dejó atrás hace mucho tiempo el boato y la solemnidad que aún perduran en la segunda, con su Reina envuelta en armiño en cada inicio del curso parlamentario aunque, sin contradicción, presente en Facebook (longevidad obliga). Ambas coronas han escenificado con eficacia una ceremonia íntima y peculiar de la que carecen y carecerán las naciones republicanas: la aceptación en su seno de mujeres sin sangre azul con el mandato de perpetuar familia y forma de Estado, ahí es nada, y su consiguiente presentación al pueblo. Letizia Ortiz y Kate Middleton, dos futuras reinas. Dos bodas por amor, una palabra que tradicionalmente no había casado con las monarquías de las enciclopedias pero sí con el folletín romántico y sus tataranietas, las revistas del corazón.

En los dos casos sobrevoló el festejo del compromiso en la Zarzuela y Saint James un fantasma rubio. El que hace seis años acompañó a Felipe de Borbón y Letizia Ortiz se llamaba Eva Sannum y era poco conocida, guapa, discreta, nórdica y un problema idiomático para la ciudadanía reticente. El que no se despegó de Guillermo de Inglaterra y Kate Middleton es la madre de él, Lady Diana Spencer, un icono del siglo XX del tamaño de Marilyn Monroe o John Lennon, como ellos muerta demasiado pronto y tras una biografía excéntrica bajo los focos. La expeditiva expresentadora del Telediario de Televisión Española, que abandonó su profesión a la velocidad del rayo para protagonizar una boda regia el siglo XXI (Kate Middleton trabaja en la empresa familiar, se ignora por cuánto tiempo), se quitó de encima a su espíritu no invitado a manotazos. Enfundada en un traje blanco, hizo gala de su saber estar frente a la cámara, chupó plano, interrumpió a su novio y puso más hincapié en el libro de Mariano José de Larra que obsequió, que en el anillo de oro blanco y brillantes que recibía. De igual a igual y segura de sí misma, exhibió su felicidad con una espontaneidad de la que hoy día queda menos. Letizia ha aprendido a parecerse a la suave Kate, la del vestido azul a juego con su anillo de pedida, el de su suegra, que debía lucir más que ella, y que consiguió lucir más que ella. La tímida Kate, afirmando que se esforzará por estar a la altura y declarándose más "intimidada" que enamorada. Dejando hablar a Guillermo, el ojito derecho de los ingleses.

El anuncio de la boda de los Príncipes de Asturias fue una sorpresa, una noticia; el de Guillermo y su novia un trámite. Letizia Ortiz, divorciada, constituía un misterio y poseía un pasado que de repente hubo que escarbar: todos sus gestos y palabras fueron diseccionados y reinterpretados. Kate ha vivido desde los 21 años siete de noviazgo con el hombre que heredará la corona británica algún día (igual que le ocurre a su padre). Poco hay de la joven británica de familia media que no se sepa ya. Su sobreexposición a los medios de comunicación, que causó una ruptura breve, no va a empeorar de aquí a su llegada al altar, algo que sí le ocurrió a la bella asturiana, que no solo cambió de vida, sino que mudó de bando, de periodista a objetivo de todos los flashes. Guillermo y Kate, emocionados, se limitaron a dar cuenta de que se casarán tras vivir juntos desde hace meses, y no mencionaron en ningún momento lo que su boda significará o dejará de significar para el Reino Unido. Este aspecto del discurso sí fue central en el caso de Felipe y Letizia, pues ambos declararon sus sentimientos, pero enfatizaron más su nuevo horizonte común de trabajo por y para España. Orgullosos de su misión. Al fin y al cabo ellos son herederos, y no sólo herederos del heredero.