A la gente moderada, prudente y educada le resulta ofensiva a veces la agresividad de los políticos y las cosas tremendas que se dicen unos a otros, añadiendo tensión a la de la calle, pero en el fondo es un modo de sintonizar con ella. La cultura de las tertulias y los "reality show" ha elevado tanto el listón del descaro y el insulto que para hacerse oír hay que emitir en esa frecuencia, o no alejarse mucho de ella.

Por otra parte, en tiempo de crisis hay mucho cabreo en la base social, la gente hace críticas feroces y si los políticos no se hicieran eco de ellas puede que se abriera aún más la grieta entre sociedad e instituciones. Hace ya mucho que los políticos han renunciado al papel de educadores, y han preferido jugar el de altavoces del griterío. Por eso conviene que la gente tranquila, que es mucha, no pierda la tranquilidad, ni se ponga a gritar contra los gritos.