Zapatero y Rajoy han desembarcado en Cataluña para animar a los suyos a votar en las autonómicas del día 28. Ambos conceden suma importancia a los resultados de estas elecciones, no porque piensen que las pueden ganar, sino para no perderlas en demasía, por lo que tienen de test o examen parcial del curso político español. Los socialistas saben que van a retroceder, pero les espanta que una debacle sea leída como el principio del fin de Zapatero en Moncloa. El PP, por su parte, ansía dar un salto adelante que pueda interpretarse como primer compás de la marcha triunfal, pero solo algunas encuestas le conceden un cierto avance. Por todo ello, ambos partidos se aplican a fondo, descarnando sus mensajes y agitando los fantasmas de la inmigración (el PP) y la independencia (ambos) si hace falta. Olvidan los unos que allá donde gobiernan no hacen lo que ahora proponen, y olvidan los otros haber gobernado siete años con independentistas confesos.

Pero las encuestas anuncian que el pescado está vendido en su mayor parte, y que van a ganar los nacionalistas de CiU liderados por Artur Mas, el político que venció en votos y escaños las dos anteriores elecciones y que no gobernó por mor de los pactos tripartitos. Mas emerge del túnel como alguien maduro, sereno y animoso, y así lo cuenta: su campaña insiste en las virtudes morales de atravesar el desierto. Pero las mismas encuestas indican que no llegará a la mayoría absoluta, y para gobernar necesitará apoyos que aritméticamente le pueden llegar del PP, de Esquerra Republicana o de los mismos socialistas. El PP es el partido que llevó medio Estatut al Tribunal Constitucional y que hace bandera del tema de la lengua; el electorado ya castigó a Jordi Pujol cuando, en 1999, se apoyó en el PP de Josep Piqué, mucho mas catalanista que el actual. Y Esquerra, que va a experimentar un fuerte retroceso, se siente empujada a una radicalidad incómoda para cualquier acompañante. De los socialistas se supone que son el enemigo, pero también el partido que ocupa la Moncloa, la puerta a la que hay que llamar para conseguir los dineros con que hacer cosas.

El panorama provoca una sensación de déjà vu: Entre 1995 y 2003, Jordi Pujol gobernó sin mayoría absoluta, apoyándose ora en Esquerra, ora en el PP, en la Moncloa a partir de 1996. Pero antes, incluso con mayoría absoluta, Pujol había pactado con González el intercambio de gobernabilidad por transferencias; un trueque que repitió con el Aznar de 1996. Y que Mas podría actualizar con Zapatero, y con Rajoy si se da el caso. El panorama se presenta muy abierto.