El régimen marroquí, poco consciente al parecer de que sus gesticulaciones no consiguen ocultar la evidencia de que no es ni de lejos una democracia homologable con las de los países occidentales, ha perdido los nervios con la evolución de la cuestión del Sáhara Occidental, que el monarca ha convertido en el leit motiv de su estrategia de cristalización nacionalista de la adhesión popular a su propia persona y a su régimen. Todos los regímenes autocráticos hacen, consciente o inconscientemente, de la incomprensión o de la agresión exteriores una herramienta de cohesión interna; y Rabat no ha sabido encajar la sorpresa de que, a las puertas de El Aaiún, se formara una concentración de miles de saharauis dispuestos a llamar la atención de la comunidad internacional sobre sus pésimas condiciones de vida y en defensa de sus reclamaciones pendientes.

La historia es conocida: la debilidad de la posición de España con Franco agonizante ante las marrullerías de Hassan II, padre de Mohamed VI, provocó nuestra salida de la excolonia y la asunción por Marruecos de la soberanía de facto, nunca reconocida por el Tribunal Internacional de Justicia ni por Naciones Unidas, que aún postula teóricamente la celebración de un referéndum de autodeterminación. Marruecos, por su parte, accede a celebrar un plebiscito pero sólo para consolidar una cierta autonomía de la región bajo su soberanía. Y España, que tampoco reconoce la soberanía marroquí sobre el territorio, mantiene una posición ambigua, que ni complace a Marruecos ni al Frente Polisario.

En estos treinta y cinco años, Marruecos ha llevado a cabo una auténtica colonización del Sáhara Occidental, tras blindarlo militarmente mediante una gran muralla que lo aísla de la amenaza del Polisario, acuartelado en sus campamentos de Tinduf en la vecina Argelia. Como prueba de la asimilación que ha tenido lugar, los datos demográficos con reveladores: El Aaiún, antigua Villa Cisneros, capital de la ´provincia´, tiene hoy cerca de 200.000 habitantes, de los que apenas unos 40.000 son saharauis; los demás, son colonos marroquíes.

Pese a esta superioridad, Mohamed VI no ha sabido manejar adecuadamente el problema suscitado por el improvisado campamento de Agdaym Izik, donde se han concentrado miles de personas desde el 9 de octubre pasado. Con la arrogancia y la opacidad propia de las dictaduras, las fuerzas del régimen han arrasado brutalmente toda resistencia, provocando un número indeterminado de víctimas y cerrando el territorio a la prensa extranjera. Tres periodistas españoles que consiguieron burlar el cerco han sido inmediatamente expulsados. Y aunque la comunidad internacional no otorga relevancia alguna a estos abusos –ni siquiera Francia le da trascendencia mediática-, es claro que el régimen marroquí se recluye un poco más en la siniestra esfera de las dictaduras.

Marruecos se equivoca al pensar que esta forma de manejar sus problemas territoriales quedará impune. Los Estados Unidos y Europa son conscientes de que Rabat dispone de dos armas diplomáticas potentes, relacionadas con los flujos migratorios Norte-Sur y con el control del terrorismo islamista. Sin embargo, la dureza autoritaria de Mohamed VI impide que las relaciones de su país con Occidente sean realmente simétricas. Marruecos es, en fin, cada vez más una antiestética dictadura.