El paradigma de Rajoy se llama Cameron, no Sarkozy. Regresamos al frente anglosajón, en el que manufacturó sus esperanzas Aznar. El eje Berlín/París, sobre el que giró Felipe González, apenas lo alimenta el PP de Rajoy. Se vislumbra una vuelta al horizonte de Aznar. Sarkozy está atrapado en sus propios fantasmas, que en Francia equivalen a una sobreexplotación ideológica, alejada del recetario que requiere la crisis profunda. Merkel arrastra a la Europa continental y, por tanto y pese a la distancia doctrinal, a Zapatero. Rajoy observa a Cameron como una fuente diversificadora, en la que el liberalismo tradicional apenas objeta el menú postmoderno de una reforma del Estado del Bienestar desvinculada de las hipotecas de un conservadurismo vetusto, impugnador de la cosmética actual. En otras palabras, Rajoy ha de relacionarse con el presente, no con el pasado. Y la revisión del Estado de Cameron, la mayor desde la segunda guerra mundial en el Reino Unido, le conecta directamente con ese presente y quizás con el futuro (cada vez más imperfecto). Por el momento. En política económica, la evaluación de las consecuencias adopta las sombras de un tiempo venidero indescifrable.

Como los «gurús» de la economía, seguidores de sus propios modelos y a la vez de los modelos de sus maestros, Rajoy se dispone a adoptar el patrón postmoderno de Cameron. Transmite confianza, sostiene. Y ha explicado bien su proyecto, enfatiza. Mantiene el gasto en los grandes servicios públicos, Educación y Sanidad, y aumenta la inversión en los próximos cinco años sin subir los impuestos. E introduce una firme voluntad de reducir el déficit público. ¿Hay alguien que posea una fórmula mejor para vestir con un diseño de última moda la idea liberal conservadora en la época de la traslación de valores? Rajoy no concreta su adaptación a España. Sólo acepta sus líneas generales. ¿Producirá Cameron más crecimiento y más empleo? ¿Creará riqueza y generará ingresos? El presidente del PP contesta que sí. ¿Pero cómo? El desempleo es estructural, no parece surgir de la coyuntura. ¿Cómo gestionar esa aventura sin amputar las pensiones? Cameron recorta las prestaciones sociales, aumenta las tasas universitarias, disminuye el presupuesto de los departamentos. Medio millón de funcionarios engrosará el paro, el ejército pierde efectivos humanos, las viviendas sociales serán más caras, la edad de jubilación se posa en torno a los 66 años, se venden los bosques y los ríos. Pero nadie, laboristas o conservadores, discuten sobre la necesidad de recortar el gasto, ni sobre la «imposición» de adelgazar el Estado de bienestar. Sólo refutan los procedimientos o impugnan cuestiones más o menos emblemáticas. ¿Es la vía para salir de la crisis? Es, en todo caso, una administración de las cosas desde la fatalidad de los tiempos. Preñada, eso sí, de principios políticos y de corrientes económicas. Rajoy dispone de tiempo para contemplar el experimento de Cameron siempre que la crisis abra espacio para la observación, lo que no es probable. Su ritmo es frenético e impredecible. Basta examinar las enormes diferencias de los «gurus» de la economía para elevar la llama del escepticismo sobre su diagnóstico y posible cirujía. Cameron, Rajoy, Obama o Sarkozy parecen sobrevolar el mundo bajo la música de la improvisación. El futuro es el presente. No hay más. Y ni siquiera el presente se puede gestionar con garantías. En esa intemperie, ¿cómo se le pide a Rajoy que haga planes y programas?