Quizás debamos al escritor polaco Andrzej Stasiuk el gran retrato contemporáneo de los márgenes de la sociedad. Su mundo es el mundo rural de la Europa del Este, arrinconado por la historia, como una especie de atlas vacilante y borroso que ha perdido sus raíces. Los personajes que pueblan su obra se mueven en un lugar indeterminado, extremadamente estático donde el tiempo se repite a sí mismo, aunque sólo sea a peor. Si los herederos de Darwin introdujeron el dinamismo en la historia de las ideas y de la cultura – como muy bien supo ver J. H. Newman -, Stasiuk nos muestra los efectos destructivos del bucle inmóvil. Dicho de otro modo: la melancolía, siendo bella, es hermosa sólo desde la cúspide. Tampoco los personajes que pueblan estos libros son felices; su anhelo es otro - quizás, simplemente, ser devorados por el olvido.

Releía a Stasiuk estos días - su fabuloso De camino a Babadag y su más reciente Cuentos de Galitzia – y me preguntaba si el retrato que dibuja de su Polonia natal es tan diferente a nuestra sociedad. El escritor polaco nos habla de la quiebra humana y moral provocada por las dos últimas revoluciones que ha vivido el Este: primero, el comunismo y, después, la caída del muro, con la llegada de una modalidad del capitalismo en muchos aspectos salvaje. Evidentemente son procesos distintos que poco a poco han ido desembocando en la ruptura moral de sociedades enteras – sobre todo rurales – incapaces de asumir los cambios y los retos que plantean. ¿Sucede algo similar aquí? Yo lo pensaba repasando los efectos duraderos del crack económico. Algunos datos son elocuentes: se consolidan tasas de paro cercanas al 20%, mientras que el fracaso escolar expulsa a cerca de un 30% del alumnado. Muchos de los sectores económicos destruidos – el inmobiliario, por ejemplo, – exigen cambios estructurales de un enorme calado, por lo que la ausencia de futuro se cronifica para un segmento de la sociedad. Todo esto tiene un cierto componente revolucionario, una aceleración de las transformaciones necesarias para enfrentar los efectos de la globalización, que – al igual que cuenta Stasiuk – aparta a unos – no necesariamente los más débiles, pero sí los menos adaptables – para entronizar a otros. Hablamos, por tanto, de trasvases de poder y de riqueza entre naciones y dentro de la propia sociedad. Y hablamos de cambios acelerados y de gente expulsada: lugares y ciudadanos sin futuro, marginados por los procesos históricos que les ha tocado vivir.

Uno se pregunta qué será de Europa – o de España, o de Mallorca – en diez, quince años. Seguramente la sociedad se fragmentará más y los estratos serán cada vez más claros. Habrá naciones de éxito y otras fracasadas, en medio de un evidente eclipse europeo. Fenómenos como las banlieues francesas se intensificarán, creándose cordones sanitarios de marginación. Las ciudades tendrán preferencia sobre los pueblos, al tiempo que el acceso a las oportunidades resultará esencial. Lo previsible es que los grandes valores del Estado del Bienestar se debiliten paulatinamente. El giro hacia una sociedad más competitiva exige el mismo esfuerzo a cada uno de los ciudadanos, sacrificios que no todos podrán o sabrán adoptar. De hecho, vamos hacia un mundo de ganadores y de perdedores. Como ha sido siempre a lo largo de la historia. Y como muy bien sabe Andrzej Stasiuk.