Los regímenes democráticos, lo decía Churchill con gracejo, son los peores a excepción de todos los demás. Y, ciertamente, nuestros más prestigiosos y venerables modelos occidentales adolecen de conocidos defectos. En general, las disfunciones provienen precisamente del hecho grandioso de las elecciones periódicas, y todos quienes creemos en la bondad de estos regímenes tenemos la obligación de minimizarlas. Aquí, en nuestro país, padecemos sin embargo con crudeza los efectos negativos de los ciclos políticos, en que los partidos y sus líderes defienden a cara descubierta sus intereses particulares. Importa poco que los diversos recorridos del país se paralicen, que se aplacen ventajas colectivas... Todo vale con tal de ganar puntos con vistas a la contienda final.

Esta reflexión no es puramente abstracta: tiene apoyaturas visibles en las últimas horas. Ayer, el Congreso registró un destructivo debate claramente encaminado a hacer del terrorismo el principal leitmotiv de la campaña electoral, a costa de la tan cacareada unidad, nunca recompuesta en esta legislatura. Y anteayer, el nacionalismo moderado catalán disparaba políticamente contra los Presupuestos del Estado en la Cámara Alta a pesar de que si finalmente no fuesen aprobados a su retorno al Congreso y hubiera que prorrogar los actuales, habría diversos damnificados: especialmente la propia Cataluña, que se quedaría sin sustanciosas inversiones en infraestructuras.

En lo referente al debate sobre terrorismo, la hipocresía es tan obvia como desagradable. Toda la opinión pública sensata sabe dos cosas: una, que los dos grandes partidos profesan una hostilidad semejante hacia ETA y que el intento de diferenciarlos da absurdamente oxígeno a los terroristas; y dos, que cualquier gobierno que vea la posibilidad real de negociar el final de violencia sin traicionar al Estado lo hará con los ojos cerrados. Así las cosas, el debate de ayer sólo puede interpretarse como una prolongación maliciosa del afán sistemático de destruir al adversario, que tanto se ha prodigado a lo largo de la legislatura y que ha terminado divorciando a amplios sectores ciudadanos del sistema de partidos.

El otro asunto, la derrota de los Presupuestos a manos de CiU, el partido teóricamente moderado que no encuentra su sitio tras la jubilación de Pujol y la pérdida del poder, es un sinsentido que resume lo más ruin de la política: al adversario, ni agua, aunque también mueran de sed los propios votantes. Por descontado que es perfectamente defendible la tesis de que, siendo las elecciones generales en el primer trimestre del año próximo, lo lógico es que sea el Gobierno emanado de las urnas el que auspicie los Presupuestos del 2008, pero quienes han impedido que prospere la tesis contraria -no hay razones de peso para aplazar diversos gastos ya aprobados, como los destinados a los dependientes, o a sufragar la educación infantil, etc.- no lo han hecho por razones ideológicas sino para desgastar a sus enemigos políticos, aunque ello suponga un quebranto para concretos sectores ciudadanos.

Predomina en nuestra política, en fin, lo ruin sobre lo magnánimo, lo pusilánime sobre lo filantrópico, el corto plazo sobre los horizontes despejados. Y la sociedad, cuyos vuelos son felizmente más altos y más largos, se ha percatado hace tiempo de este déficit, que estalla como una ofensiva luminaria a cada período electoral. Infortunadamente, nadie en su sano juicio puede esperar que las cosas cambien súbitamente, pero sí muchos de nosotros estaremos ojo avizor para castigar con severidad a quien más destaque en esta carrera absurda hacia la necedad.