Este mundo, en los comienzos del siglo XXI, está lleno de problemas a los que la prensa alude de continuo. Guerras, hambrunas, opresión, genocidios, violencia machista, pandemias, vandalismos, agresiones... Raro es el día en que no estalla un conflicto, no surge una catástrofe o no se precipita un atropello en algún lugar del mundo en el que suele llover sobre mojado.

Este continente, cuando hace ya más de dos siglos que inventó los valores ilustrados de la ciudadanía -libertad, igualdad, solidaridad-, sigue sin imponerlos, se mantiene inmerso en dificultades enormes para tirar adelante la Unión, es incapaz de resolver el problema de la integración de los emigrantes, ha padecido incluso una guerra interna bien salvaje -quién nos lo iba a decir: una guerra en Europa- y se tienta las carnes imaginando cómo contener el deterioro medioambiental al que nos lleva nuestro desarrollo.

Este país, de historia democrática tan incipiente todavía, ha protagonizado una transición modélica desde la dictadura anterior pero a cambio de montar un Estado de las autonomías cuyo sentido profundo somos incapaces de entender, padece las secuelas de una desertización creciente, se desangra por la herida de un terrorismo absurdo y sinsentido y ha dejado a las últimas generaciones abandonadas en términos económicos a fuerza de empleos basura y viviendas por las nubes mientras abundan los ancianos desprotegidos y solos.

Este archipiélago, de prosperidad tan engañosa como reciente, anda desgranando desde hace años el rosario de la protección ambiental, suspira por un modelo económico menos dependiente del turismo, carece de un horizonte de sostenibilidad razonable y ve cómo los costes de la insularidad, por más que se le promete, no se compensan en forma alguna.

Esta isla, hermosa y, ¡ay!, en declive por mor de las avaricias infinitas de quienes presumen encima de haberla salvado, ve su costa repleta de cemento impresentable, tiene pendiente de resolver el suministro de energía, se queda con el corazón en un puño a la que caen cuatro gotas tormentosas y no ve salida al problema de un tráfico que la ahoga.

Esta ciudad -me refiero a Palma, claro es- de plante bien gallarda cuando se llega a ella desde la mar y se cierran los ojos ante las abominaciones urbanísticas, padece un tráfico infame, soporta una población ingente durante el verano para la que no dispone de infraestructuras acordes, abunda en miserables desatendidos, contempla con pasmo cómo el centro urbano se degrada, ha sido víctima en sus mejores barrios -el Terreno, por poner un ejemplo- de la especulación salvaje y no consigue sustituir su primer hospital.

Y con todo ese panorama, ¿me van a decir ustedes que el conflicto en el que pierden el tiempo -en el sentido más textual- las autoridades es el de un señor que fundó un diario hace mucho, sí, pero también se apuntó al bando franquista, promovió un monumento que sería mejor que no existiese y no sé a quién se le habrá ocurrido honrarle con unas galas absurdas en el peor de los momentos posibles, es decir, cuando se tira adelante la ley de memoria histórica?