En nuestra isla, ser alguien no es cosa sencilla de explicar y entender. Ser qualcú tiene su miga, porque nada que ver con la autoestima; una cosa es ser quien eres y otra ser qualcú para el entorno, un marchamo que deriva de una conjunción de circunstancias, de modo que es objetivo difícil donde los haya. Es posible salir del anonimato sin llegar a ser qualcú, y nadie, millonario (aunque el dinero ayude), lumbrera profesional o portada de revista, lo tiene garantizado. Será famoso, pero qualcú es algo más, y ese plus diferencial marca una diferencia sutil. El pocero no es qualcú, ni el cantante de moda o un político del anterior Pacte por ejemplo, mientras que un humilde director de sucursal bancaria puede serlo. ¿Por qué?, preguntará alguien tan confundido como yo mismo. Tras arduas indagaciones he deducido -y me queda mucho por analizar- que se trata de un aura con la que muchos nacen: una especie de impronta, de estigma con el que se crece. La celebridad aumentará su brillo pero no la crea per se, y es que, para ser conocido, basta con que uno mate a su portera, que decía Camus. Pero no será qualcú.

Quien ya es qualcú jamás será ningú y viceversa: el ningú lo tiene crudo, espejismos aparte y aunque se vista de seda, por más que un ningú cualquiera, o una partida de ellos, coincidan en un evento de los de Tot Mallorca hi era y se sientan concernidos. ¡Craso error! No son sino el relleno de la caja de bombones. La viruta, porque el Tot Mallorca supone un número relevante de qualcús, pero habitar el cogollo no equivale a participar de él, y la política puede ser un buen exponente ahora que se cuece a fuego lento la mezcla de qualcús y ningús. A un lado del espectro hay más qualcús que en el otro y, así se empeñen los del otro, no pasarán del ara se creuen qualcú. Aún estoy a vueltas con el antónimo del plural qualcús; dudo entre cabrum y pelacanyas, pero sigamos con las aproximaciones a esta misteriosa categoría antes de cavilar sobre dos asuntos capitales: rasgos que definen al qualcú y autoría de la etiqueta.

Ser qualcú exige el reconocimiento del aura, más importante que su poseedor y que lo trasciende, en determinados ámbitos. Se puede ser qualcú por méritos propios u, otras veces, por línea familiar: un qualcú genealógico y, en este caso, la condición es inmanente. Como nacer ornitorrinco. Ser qualcú es condición más definitiva que la que confiere el bautismo porque no hay apostasía que valga; supone haber brotado en el centro del laberinto (el qualcú genealógico) o haberlo alcanzado tras superar un sinfín de caminos engañosos y señuelos de perdición. El confiado en sus habilidades puede quedar atrapado para siempre en algunas de las definiciones que lo arrojarán a las tinieblas: decir de alguien que se creu qualcú, se pensa ser qualcú o que vol ser qualcú, equivale a la inhabilitación de por vida para alcanzar esa meta.

Saber quién es ´qualcú´, y distinguirlo de impostores, implica una sabiduría sólo al alcance de unos pocos. La identificación de los qualcús no corresponde al pueblo llano, al cabrum, como tal vez designen los estampilladores en la intimidad -ésa en la que puede hablarse catalán por algún que otro qualcú de la meseta- al común de los mortales. De este modo, queda patente el carácter restrictivo del tribunal de qualcús: mallorquines de raigambre, resignados a su condición de teloneros de los qualcús pero también orgullosos por depositarios de una sensibilidad secular que los diferencia de forasteros y oriundos poco versados. Un qualcú jamás dirá que lo es; no se autoproclama sino que es entronizado, y hete aquí una diferencia definitiva entre nuestros notables y los celtíberos del "No sabe usted con quién está hablando", tácita demostración de que el tal no es qualcú. Se puede ser un qualcú poco conocido y, por contra, parecerlo por el respaldo de la popularidad u otras particularidades: porte altivo y estirado, parquedad de palabras, mirada distante o vecindad de otros qualcús, pero, ¡cuidado!: es preciso que alguien versado lo refrende porque entre ser y parecer media un abismo. El qualcú frecuenta a sus iguales y sólo se distiende con según quién. Es educado aunque no sepa hacer la O con un canuto y puede estar arruinado (pobreza sobrevenida), aunque no salir de pobre reste puntos. La mediocridad, vivir de no se sabe qué o la autosuficiencia gratuita no impiden ser qualcú, como tampoco la modestia y la discreción (un ente subrepticio y gris puede ser qualcú).

Qualcú puede ser cualquiera para un observador desentrenado, y es posición tan sólida como inaprensible para el profano. La condición no se pierde, pero ganarla no está en la mano del aspirante. A estas alturas de mis pesquisas ando aún por el ensayo-error cuando me acompaña alguien experto. "Éste es qualcú". "Pues te equivocas", me responde. "Éste sí es qualcú", me advierte. "No jodas". Y lo anterior, después de treinta años en la isla. La biología molecular, en comparación, una bagatela.