El pasado 30 de enero, se cumplieron 59 años del asesinato de Gandhi a manos de un fanático extremista, que con tres disparos cercenó la vida de un alma grande y la esperanza de los que pensaban que la no-violencia era el camino adecuado para vivir y conseguir sus objetivos; incluso los políticos. Años después, con tesón y convicción el mallorquín Llorenç Vidal consiguió que la Unesco declarara esta fecha el día de la no-violencia y la paz.

Pero por desgracia no todos lo celebramos, las alimañas celebran todos los días la violencia y la guerra.

Las alimañas, aunque sean minoría, viven de los más débiles. Les atacan físicamente con odio calculado, desgarran sus vidas y sus familias, destruyen sus bienes, sus sueños y humillan sus ideales.

Y es que estos seres se alimentan con el sufrimiento infligido a otros. Crecen con el goteo de las lágrimas que provocan y se hidratan la piel con la escarcha amanecida sobre las tumbas de sus víctimas.

Hay otras, más sibilinas, que vomitan por su boca día sí y otro también serpientes de odio y resentimiento. Con su vocerío pegajoso y ponzoñoso esparcen consignas para crispar y encender las diferencias entre las personas y los pueblos. Desean que odios desconocidos o dormidos, odios propiamente tribales y ancestrales, afloren nuevamente. Basta recordar con tristeza y espanto, como aparecieron en Europa hace pocos años con la desintegración de Yugoslavia. Su estrategia hace que la mentira y el mal uso de sus propias palabras hagan estragos en las personas de buena fe que no contrastan sus mensajes envenenados. No matan, pero desean la muerte.

Las que menos, -porque la mayoría de las alimañas son cobardes-, se destruyen a sí mismas, o por lo menos lo intentan, con el afán de que su muerte sea semilla y desencadenante de muchas otras.

Intentar identificarlas a todas es un desagradable pero sano ejercicio -no un juego-, ejercicio que la ciudadanía debería practicar habitualmente. De esta manera se conseguiría desenmascarar y aislar a los que utilizan y aman la muerte. Tanto por provocarla, como por desearla, por defenderla o auto imponérsela.

o es nada fácil aceptar e incluso defender que las malditas alimañas, tienen derecho a la vida. Pero no hacerlo podría precipitarnos a sus guaridas hediondas de amor a la muerte.

(*) President de la Fundació Gabriel Alomar