A mes nuevo, vida nueva. A mes nuevo, propuesta nueva. La mía para junio es realizar una actividad diaria que resulte liberadora. Para esto, he abierto una especie de oficina virtual de reclutamiento. Cuantos más seamos, mejor. Más nos oirán. El requisito para formar parte del grupo es lanzar una consigna que aligere el espíritu. No, no, no. La cosa no va sobre cuestiones profundas y metafísicas. Nada de "voy a romper las cadenas que me unen al pasado". Eso, en este nuevo ejército, es absolutamente inútil. Nuestra tropa es más prosaica.

Primer ejercicio de maniobras: el ropero. Sacar jerséis, meter camisetas. Guardar abrigos, ordenar los vestidos. La cruda realidad es que, del año pasado a éste, desgraciadamente, sí, nos hemos engordado. Se acabó el pensar que, en un par de semanas, habremos perdido esos kilos de más o que podremos ceder ese pantalón de marras, a base de hacer treinta sentadillas enfundadas en él. La verdad es otra. Para cuando hayamos vuelto al peso ideal, los calzones habrán pasado de moda. Seguro que tenemos una amiga con mejor tipo, más delgada y esbelta. Ahí va, los regalamos. El lema: coherencia entre nuestro peso y el contenido de nuestro armario. Reconozco que, el día que admití que mi talla ya no era una ´eme´, sino una ´ele´, me quité una tremenda inquietud que revoloteaba alrededor de mi conciencia. No sé si sentiré lo mismo cuando, frente a un mostrador, pida la ´equis ele´. Todo se andará.

Segundo ejercicio de maniobras: el reciclaje. Papel, vidrio, aceite usado, plástico, latas, restos de tetrabrik.... Buf. Bolsa roja para unos desechos, azul para los otros, amarilla para los de más allá y verde para los de más acá. Soy una ecologista mediocre. Entono un mea culpa. No reciclo todos los restos que se reproducen, cuales conejos, en casa. Sé que es políticamente incorrecto. Que el cambio climático es cuestión de todos. Que hay que pensar localmente para actuar localmente. Pero, ¿alguien puede decirme dónde puedo depositar el aceite que he utilizado para freír las patatas fritas? Y, una vez localizado el punto verde, ¿qué hago? ¿Lo llevo en un bote de cristal, envuelto en una bolsa de plástico, echo el óleo en el contenedor, guardo el tarro, me limpio las manos con la servilleta de papel, busco el depósito de cristal, inserto el bote, voy a la caza del container de plástico, arrojo la bolsa y, después, persigo un contenedor de papel, en donde tirar la servilleta con la que me he lavado las manos? Corramos un tupido velo.

Tercer ejercicio de maniobras: una es lo que es. Apestada y mal juzgada pero, ¿qué le voy a hacer si, de vez en cuando, me gusta fumar un cigarrillo a escondidas? Una marmota improductiva, pero adoro dormir doce (y mejor si son catorce) horas seguidas. ¡Ah!, y una pésima cocinera; aunque buena bebedora. Y, para este mes, tengo el firme propósito de salir del cine cuando la película no me guste, aceptar que no tengo la suficiente paciencia como para soportar una ópera entera, sincerarme y reconocer que soy del Real Madrid, antes que del Mallorca (al Barça ni lo nombro). Un último deseo: no pactéis a cualquier precio, políticos, no pactéis. Decir no, es liberador.