Las últimas elecciones en Francia han dado paso a acontecimientos nunca vistos en la vida política francesa desde la instauración de la Quinta República, en 1958. Ante todo, por primera vez una mujer se presentaba, poniendo fin al privilegio masculino sobre la presidencia de la República. En sí, este hecho era ya excepcional, habida cuenta de la situación de las mujeres en el sistema social, pues si bien tienen legalmente los mismos derechos que los de los hombres, se sabe perfectamente que, en la realidad, siguen padeciendo una situación estructural de inferioridad, tanto respecto a los sueldos como a la posición que ocupan en los puestos de poder. En este sentido había una gran expectación ante la llegada de Ségolène Royal: era una oportunidad para luchar contra el machismo dominante.

En segundo término, Ségolène Royal intentó, aunque no siempre con éxito, fomentar otra practica de la política: se negó a aceptar que la dirección de la batalla política se diera únicamente desde la sede del Partido Socialista y prefirió movilizar a la gente en reuniones "participativas" en las que cada uno podía proponer sus esperanzas y sus expectativas. Por supuesto, esta estrategia tenía un lado débil que fue inmediatamente criticado por los dirigentes del Partido Socialista: se trataba de una relación, decían ellos, carismática, directa, entre la candidata y las masas, lo que auguraba una concepción poco democrática de la dirección política.

En tercer lugar, y como consecuencia de esa personalización excesiva de la batalla por la competición presidencial, el papel de la imagen se tornó más importante que el propio programa político, lo que es muy peligroso para la gobernabilidad dentro de la sociedad democrática. Dicho de otro modo, se trata casi una "americanización" de la política, que acarrea una inmensa pérdida del nivel de conciencia política.

Se pueden analizar todos estos argumentos y, por supuesto, cada uno implica algo justo. Pero ninguno de ellos constituye el hecho dominante en la carrera presidencial que ha concluido. Lo decisivo es que hemos asistido a una serie de traiciones como jamás se había producido. Traición: "quebrantamiento de la lealtad o de la fidelidad debida", dice el Casares (diccionario ideológico de la lengua española). Definición perfecta. Hemos experimentado a la vez el quebrantamiento de la lealtad hacia Ségolène Royal y de la fidelidad respecto al proyecto histórico del Partido Socialista. O sea, hemos visto cómo unos políticos se han pasado con armas y bagaje al campo del adversario político. Y no de cualquier adversario, sino de Nicolas Sarkozy, uno de los más reaccionarios de la historia de la Quinta República. Un hombre que utilizó los argumentos más vergonzosos para atraer al electorado neofascista de Le Pen, que hizo de los inmigrantes chivos expiatorios, y de la concepción republicana y universalista de la Nación una caricatura chovinista y regresiva. Más aún, un dirigente que apoyó la guerra americana en Irak y que tiene una concepción de la independencia de Francia totalmente opuesta a la de su propia tradición.

El primero que traicionó fue el encargado del programa económico del partido: Eric Besson. Al no haber podido jugar el papel de experto indiscutible y obedecido, dimitió y algunos días después pasó directamente a formar parte del staff de Sarkozy, dando a su nuevo maestro las informaciones y los consejos adecuados sobre la "debilidad" de Ségolène Royal en cuanto a su programa económico. Amigo de Lionel Jospin (quien por su parte no hizo nada para ayudar a Ségolène), este señor es ahora ministro de Sarkozy. Después fueron Michel Rocard y Bernard Kouchner: los dos dieron un golpe mortal antes de la primera vuelta al pedir que se negociara con Bayrou, pero sabiendo perfectamente que no era posible, pues hubiera significado una legitimación del programa del candidato de centro derecha, contrario al de Ségolène. Rocard lo hizo porque él también quiso ser el candidato y, sobre todo, porque cree sinceramente en la vía centrista. Kouchner es otra cosa: es un atlantista, pro americano, y el mismo que, después de aparecer dos o tres veces en la televisión con Ségolène, encontró en Sarkozy al dirigente más cercano a su concepción de las relaciones internacionales, basada en la justificación del derecho de "ingerencia" a lo Bush. Kouchner es un miembro de cierta "izquierda" muy criticada en Francia, la izquierda "de balneario", la de los guapos bronceados, que viven en los barrios más chics de París dando lecciones al resto del mundo como si fueran su ombligo. Ahora se ha convertido en ministro de Asuntos Exteriores de un Gobierno de derecha, muy conservador, lo que da idea de sus convicciones. Por supuesto, Sarkozy no está loco, por eso creó un Consejo Nacional de Seguridad, copiando el modelo norteamericano, ubicado en el Elíseo, y que va a dirigir realmente la diplomacia francesa. Kouchner estará ahí únicamente para ayudar a expulsar del ministerio al resto de los diplomáticos no conformes con la salsa neoconservadora de Sarkozy y para viajar y dar la impresión de que tiene algo que decir. Apuesto por una experiencia poco duradera; dentro de unos meses el nuevo ministro puede convertirse en una marioneta.

Hay otros, pero no vale la pena que los enumeremos aquí. Lo importante es saber por qué ha ocurrido todo esto. Más allá de las personas, me parece que hay por lo menos dos razones claves: primero, el hecho de abandonar su bando y pasar al del adversario sin remordimiento es consecuencia de la desaparición progresiva de las identidades ideológicas. Esa gente no cree en nada, no tiene obligación moral hacia ninguna convicción de lealtad, pues considera que las contradicciones entre el sistema vigente y el mundo nuevo, sea socialista o de cualquier otra definición, han desaparecido y que el objetivo ahora es organizar la adaptación a la sociedad actual. De hecho, lo único que queda en este caso es la lucha para conseguir el poder y gobernar. El porvenir ha desaparecido. Queda la batalla para repartirse los privilegios del presente. La segunda razón radica en la desconexión de una gran parte de las elites respecto al movimiento social. Dicho de otro modo, el papel de los medios de comunicación en la fabricación de las elites de poder, quienes a menudo no tienen nada que ver con la soberanía popular. El caso de Kouchner es emblemático: siempre perdió sus apuestas electorales, aunque Jospin lo hizo ministro en atención a su "popularidad" mediática. Es la usurpación mediática de la democracia.

En resumidas cuentas, hemos visto cómo una mujer luchó por situarse en el centro de la vida política francesa, y eso fue una magnifica experiencia cultural. Y hemos visto también cómo el arribismo y la corrupción mediática jugaron en contra de ella. Ségolène ha perdido esta batalla y los traidores gozan del fruto de su traición, pero el porvenir, como dice el antiguo dicho, dura mucho?