La moda es cada vez más eléctrica y nos zarandea a todos. La moda no dura ni cinco minutos. Hay que apresurarse. Paul Virilio tenía bastante razón cuando dijo que el poderoso es el más veloz, que el poder radica en quien maneja la velocidad y llega antes a la meta. Por supuesto, el exceso de velocidad conduce a la desaparición. Beckham, símbolo del hombre metrosexual, es decir, del hombre que rozaba lo angelical, que jugaba a la ambigüedad casi femenina se está viendo desplazado por un nuevo modelo masculino: el que representa el icono George Clooney, más varonil, aunque también sensible. Es decir, que el prototipo metrosexual, que acaba de llegar, ya está de vuelta, ya está pasado de moda. Y uno que se las prometía muy felices en su carrera hacia la metrosexualidad, hacia esa estética angelical y un poco andrógina, resulta ahora que no, que ahora regresa el hombre sin tantas mariconadas (lo siento por los lingüísticamente correctos: esa palabra, esa terrible palabra tenía que salir a escena, no lo he podido evitar). Lo cierto es que la post-post-modernidad tiene su miga, pues es capaz de darnos a Beckham, Clooney, el híbrido Jackson, Torrente, Joaquín Sabina, Depardieu, Bisbal, Luis Aragonés, Camacho, Buenafuente y toda una gama de varones de lo más variopinta. Todavía hay gente que se vuelve loca persiguiendo la moda y ésta, resbaladiza, siempre se le escapa de las manos. Hoy, que todo está de moda, incluso el no estarlo. Los patrones ya no son tan fijos como antes. Domina el revoltijo, las combinaciones antitéticas. Evidentemente, hay un modelo varonil que ha perdido: el macho cabrío, el cabrón ibérico sigue existiendo, pero ninguno de nosotros lo reivindica por razones obvias. Reivindicar el olor a sobaco y a tigre sería, por descontado, una afrenta a los modales modosos que imperan, una provocación en toda regla. Excepto a Camacho en sus buenos tiempos, se nos caería el alma a los pies si una cámara enfocase nuestras axilas mojadas mientras agitamos con vehemencia los brazos. Con Beckham, hay que reconocerlo, habíamos llegado demasiado lejos. Ese modelo de hombre nos tenía a los hombres, y a las mujeres, muy preocupados. Un paso más y hubiésemos caído al abismo, a la desaparición del varón como tal.

Ese aspecto sensiblero, como de Tazio (recuerden Muerte en Venecia) viene a ser la antesala de otra cosa. Una especie de angeloide, un híbrido entre el hombre y Dios. Los gurús publicitarios están mareando la perdiz. Sobre todo, a los hombres. Por supuesto, ahora no voy a depilarme mi vello pectoral, ni mis esbeltas piernas, intentaré ser vanidoso, pero en la justa medida, iré de compras, pero sabiendo qué es lo que voy a comprar y no distrayéndome mirando estérilmente los escaparates, cuidaré mi imagen, pero sin exagerar, es decir, evitando caer en un tonto narcisismo, intentaré ofrecer estabilidad y seguridad a mi mujer y a mi hija (ejem), volveré a beber cervezas con los amigos evitando, como es natural, los comentarios soeces y las fanfarronadas tercermundistas. En fin, volveré a ser el que siempre he sido: un tío cojonudo. En cualquier caso, uno siempre está a la espera de nuevos hallazgos o, en fin, de reciclajes de lo más peculiar. De momento, yo no me muevo del sitio, por si acaso. Yo no quiero estar a la moda, lo único que deseo es que la moda pase por mi calle. Que es muy distinto. Yo no paso de la moda. Yo sólo quiero, por favor, pasar de moda, que es lo que ahora se lleva. No sé si me explico.