En Bujumbra, la capital de Burundi, había una plaza de la Revolución que quizá siga en pie. En el centro de la plaza había un monolito decorado con un mural y una bandera. Los guías enseñaban con orgullo la Plaza de la Revolución a los escasos turistas que llegaban a la ciudad. Y en cierta forma no les faltaba razón para sentirse tan orgullosos, sobre todo porque en Burundi no había habido nunca una revolución. Los únicos cambios políticos de su historia habían sido una serie de golpes de estado protagonizados por militares que no sólo pertenecían a la misma etnia sino al mismo clan "hima". Ni siquiera la independencia se había conseguido tras una etapa de lucha, sino que había sido concedida por las Naciones Unidas en una fecha acordada de antemano con Bélgica, la antigua potencia colonial. Pero aquello era lo de menos. Si había una plaza dedicada a la Revolución, todo el mundo tenía que creer -o al menos fingir que creía- que el país había vivido una revolución. Es posible que sólo una exigua minoría de nativos estuviera en condiciones de explicar con exactitud qué era una revolución, pero eso también era secundario.

Como tantas otras cosas en África, aquella plaza era un aparatoso monumento a la confusión entre ilusión y realidad. El engaño había sido impuesto por la camarilla en el poder y era asumido de forma resignada por la mayoría de la población, que no tenía capacidad decisoria para averiguar la verdad. Lo malo era que el engaño también se había apoderado de sus propios autores. Para los miembros de la clase dirigente y del gobierno, el hecho cierto de que una vez, en 1965, un grupo de militares hubiera proclamado la República tras expulsar a un rey era una prueba concluyente de que Burundi había vivido una Revolución. Poco importaba que el rey fuera un monarca constitucional mucho más representativo y mucho menos corrupto que la camarilla "tutsi" que lo sustituyó. Daba igual. Si su destronamiento había sido una revolución, era justo que aquella plaza se llamara así. Y las cosas tampoco hubieran cambiado mucho si la plaza se hubiese llamado Plaza de la Prosperidad Nacional o Plaza de Mickey Mouse. Siempre habría sido fácil encontrar un motivo para llamarlas de este modo.

Aquello ocurrió hace veinte años. Hoy en día, Burundi vive un periodo de transición democrática que en muchos aspectos resulta ejemplar, después de doce años de guerra civil (en África, las guerras civiles se miden por décadas en vez de medirse por años). La información política que se puede encontrar en cualquier página web de Burundi es bastante más sensata que la que circula por los blogs y por los chats españoles. Y aun así, los engaños que se veían representados por la plaza de la Revolución siguen en pie, y no sólo en Burundi sino en toda África, con el agravante de que ya se extienden por todo Occidente. Porque cuando se habla de África sigue habiendo una serie de mitos incuestionables que todo el mundo repite sin saber lo que hay detrás. Estos mitos son muchos, empezando por el de que todos los inmigrantes africanos llegan empujados por el hambre, sin que nadie haya reparado aún en los músculos envidiables que exhiben esos inmigrantes famélicos. Y hay docenas de mitos más: todos los males africanos tienen su origen en la descolonización y en las fronteras artificiales impuestas por los blancos; el continente africano es riquísimo pero es explotado sin piedad por la rapacidad de las antiguas potencias coloniales; los nativos han sido traicionados por las vanas promesas de ayuda de Europa y Occidente, etc, etc.

Por supuesto que los africanos no tienen ninguna responsabilidad en nada. Por supuesto que las supersticiones nativas no tienen ninguna incidencia en el atraso económico. Por supuesto que la falta de control de la natalidad no tiene ninguna consecuencia en la pobreza generalizada. Por supuesto que nadie sabe por qué la palabra político y la palabra malhechor son casi siempre sinónimos en África. Y por supuesto que nadie se explica por qué hay un notable crecimiento económico en la China y en la India y en el sureste asiático, mientras que no lo hay ni lo ha habido nunca en África. Es mejor mirar el monolito de la plaza de la Revolución de Bujumbura, preguntándonos con aflicción en qué momento los codiciosos europeos traicionamos la revolución africana y la abandonamos a su suerte.