La diplomacia británica es implacable, aunque haya perdido parte de su vieja sutileza: la retirada de las tropas españolas de Irak, que ha producido lógica irritación en Londres, ha recibido como respuesta un recalentamiento del eterno problema de Gibraltar. El tercer desplante consecutivo, la visita a la Roca del ministro británico de Defensa, Geoffrey Hoon (los otros dos fueron el viaje de la princesa Ana y la estancia del submarino nuclear Tyreless) ha provocado incluso la llamada a consultas al embajador británico en Madrid para transmitirle el "malestar" español por este comportamiento inamistoso del Reino Unido. No debería perderse de vista sin embargo que estos gestos son ulteriores al verdadero agravio: cuando las relaciones entre Londres y Madrid eran dulcísimas y cordiales, la negociación sobre un plan de soberanía compartida sobre Gibraltar, que duró varios años, se rompió bruscamente, por iniciativa británica y sin más explicaciones.

Gibraltar es una piedra en el zapato español que Londres activa y desactiva a voluntad y según sus propios intereses. Deberíamos haber aprendido hace tiempo que el problema de fondo discurre con independencia de la coyuntura, por lo que hace tiempo que hubiésemos debido prescindir de ella a la hora de marcar las pautas de nuestra relación con los británicos y con los gibraltareños.