Hoy me viene a la memoria un programa en el que aparecieron el filósofo Gustavo Bueno y Lolita. Yo no sé qué pensarán los siete sabios, encargados de regenerar la televisión española, pero lo cierto es que semejante espectáculo no se suele dar con frecuencia. La mezcla fue explosiva. El filósofo asturiano lidiando con la temible Lolita resulta un plato de primer orden. Los extremos se tocan. Años atrás hubiera desdeñado este encuentro. Años atrás, uno era más puro y más intransigente. Hoy hay que celebrar que la televisión invite al perennemente indignado Gustavo Bueno para que el hombre se desgañite. Para unos, esta mezcla de niveles puede ser una blasfemia, un desacato a la razón. Sin embargo, este puré es de lo más nutritivo. Ver al viejo Bueno en plena faena es muy recomendable. Algunos dirán que chochea. Nada de eso. En aquel programa dijo algunas verdades a la cara de los espectadores. Los llamó imbéciles, vacuos, autómatas cada vez que aplaudían a rabiar alguna intervención de Lolita. El asunto a debatir se me ha olvidado por completo. El tema, en estos casos, es siempre lo de menos. Uno celebra que la intelectualidad baje a la arena para batallar con lo banal, para verse frente a frente con el llamado mal gusto. Todo sirve para reflexionar. Todo es material pensable, como diría un pedante. El sulfúrico Gustavo Bueno arremetió contra la masa ignorante, y ésta, en lugar de abuchearlo, disfrutó de lo lindo, aplaudiendo aún más. Lo cual demuestra que la masa es más inteligente o más imbécil -ya no sé qué pensar- de lo que muchos creen. Algunos, exquisitos ellos, se referirán a ese tipo de programas calificándolos de telebasura.

Lo dirán con la boca prieta y con un mohín de desdén. Pero no se dan cuenta de que en los bajos fondos podemos encontrar verdaderas perlas, encuentros fulgurantes entre un catedrático de filosofía y una folklórica andaluza, y que en este choque de trenes saltan chispas. Lo digo sin una pizca de ironía. Desconfío de los que se llenan la boca con el término calidad. Cultura de calidad, turismo de calidad, programas de calidad. ¿Qué entenderán ellos por calidad? ¿Quiénes son ellos para monopolizar la calidad? En fin, que uno aboga por encuentros brillantes de este tipo, en donde lo sesudo entre al trapo con lo trivial, en donde la banalidad pueda dar que pensar, en donde dos discursos en principio antitéticos puedan, no ya entenderse, eso es lo de menos, sino estrellarse. Por ello, celebro el arrojo del hipernervioso Gustavo Bueno insultando a voz en grito a los asistentes de un programa cuyo nombre no puedo acordarme. Esto es kitsch en plena acción. ¿Quién no disfrutaría de un encuentro o encontronazo entre Saramago y Yolanda Berrocal, entre Sánchez Dragó y Carmen Sevilla, entre Víctor Erice y Pedro Almodóvar, entre Soledad Puértolas y Loles León? No se hagan los estrechos y acepten el desafío. Y a los siete sabios de Tebas que les den unas cuantas morcillas, más que nada porque no se han inmutado al ser declarados como tales, ni tan siquiera ruborizado.