La tentación narcisista es correlativa al desprecio que sentimos por nuestros semejantes. La envidia hunde sus raíces en nuestra propia debilidad. Narcisismo melancólico y envidia son, por lo común, dos caras de una misma moneda. Cuando los periodistas españoles empequeñecen los triunfos deportivos de Lance Armstrong con argumentos tan absurdos como su "obsesiva profesionalidad" (¿?) o su "excesiva ambición", uno sólo puede preguntarse si es tan endeble nuestra autoestima como para no poder aceptar que no somos los mejores en algo. La historia de España es, desde luego, la crónica anunciada del fracaso de una tentación narcisista. Es difícil encontrar un solo campo en el que no consideremos las virtudes españolas como las mejores. Para empezar tenemos a los reyes y a los príncipes más guapos de Europa, al mejor equipo de fútbol de la historia, el mejor jamón y las mejores aceitunas. Con estos valores, ¿quién puede discutir la preeminencia española en el mundo?

En Mallorca, la situación es todavía peor, ya que la contemplación continua del ombligo sólo conduce a una perpetua tortícolis. ¿Que la paella mallorquina es mejor que la valenciana? ¿Que no hay fruta ni huerta ni pescado como los de Mallorca? Magnífico. Me recuerda el comentario de una uruguaya que elogiaba el monótono asado de su país; por supuesto, la variedad y riqueza de la comida uruguaya es reconocida y valorada en todo el mundo. La envidia, ya se sabe, aumenta a la par que decrece nuestra autoestima.

A uno le cuesta creer que algún país civilizado nos pueda tomar en serio. Nuestra historia a lo largo de los últimos tres siglos es un continuo desatino que anuda un fracaso con otro. Porque, ¿es España un modelo para alguien en Europa? ¿En qué? ¿En el modelo sanitario? ¿En la calidad del sistema educativo o en el prestigio de las universidades? ¿En la protección del medio ambiente o en la racionalidad del urbanismo? ¿En el respeto al patrimonio o en la coherencia de la política museística? ¿En la renta per cápita? ¿En el Salario Mínimo Interprofesional? ¿En el desarrollo de las tecnologías de la información? ¿En la robustez del I+D? ¿En el número de libros o de periódicos que se leen? ¿En la cuantía de las pensiones o en la protección a las familias? ¿En la baja inflación? ¿En la equidad fiscal? ¿En la belleza de un paisaje todavía virgen? ¿En la limpieza de la calles? ¿En la ausencia de contaminación lumínica? ¿O auditiva? ¿En una ejemplar historia de tolerancia donde el cainismo no haya sido el motor de cambio?

¿Para qué continuar? Como Saturno que devora a sus hijos, la tentación narcisista también nos ha consumido en la imbecilidad del que se cree más de lo que es. Al final, el Narciso es sólo modelo de sí mismo. Y hazmerreír de los demás. Triste destino el nuestro.