El Consejo Económico y Social de Balears (CES) se ha tomado en serio su razón última de ser, que es la de proponer al Govern y a las demás instituciones que de él dependen líneas políticas de actuación. En consecuencia, ha aconsejado el llevar a cabo diversas acciones que tienen todas ellas un mismo fin: el de revitalizar nuestra un tanto maltrecha economía. Hasta ahí, nada que llame la atención de manera especial; el dar consejos es lo menos que cabe esperar de los señores consejeros. Pero las peculiaridades aparecen nada más recordar cuál es la composición del CES: una especie de retrato de los diversos sectores sociales con intereses y protagonismo en la economía de este archipiélago, desde los sindicatos a las patronales. Con unos miembros cuyos intereses son diversos y aun contrapuestos, cabe esperar poco de los consensos que se establezcan en cualquier organismo de ese estilo. Así, no es extraño leer que el CES recomienda -cito de manera textual- "concentrar los esfuerzos, públicos y privados, para actuar de manera coordinada y definir de manera consensuada objetivos estratégicos a largo término, y para diseñar conjuntamente planes de actuación concreta que permitan alcanzar estos objetivos". Eso es lo mismo que decir que todos debemos ser buenos y prudentes y actuar en consecuencia. Pero lo que no se deduce, de ese párrafo al menos, es lo que cabe hacer cuando los objetivos estratégicos a largo plazo son imposibles de consensuar porque implican intereses contrapuestos e irreconciliables. Eso sucede, por ejemplo, siempre que se produce una situación de crisis en la que las empresas tiran de los despidos masivos para mantenerse más o menos a flote. Como advirtieron hace poco los expertos en economía de Sa Nostra, ajustes duros de tal estilo son una amenaza que tenemos cada vez más cerca. Ojalá que pueda resolverse por la vía del consenso que propone el CES.

En otros asuntos de igual actualidad el Consejo se pronuncia, por el contrario, de una forma mucho más concreta y apostando por un modelo que implica el tomar opciones. Me refiero a la recomendación que se hace desde el CES al pequeño comercio de Balears advirtiendo al sector acerca de la necesidad de adecuarse a horarios más flexibles, es decir, más próximos a lo que es la idea de la liberalización defendida desde los gobiernos de Madrid tanto de populares como de socialistas y combatida a duras penas, también por la derecha y la izquierda, aquí. Parece claro que el querer ponerle puertas al campo resulta, a la larga, inviable y bueno es que el Consejo, en cuyo seno están representadas las clases más amenazadas por la globalización, entienda la necesidad de ofrecer horarios cada vez más amplios, dando a los clientes la posibilidad de comprar al mediodía y en las tardes de los sábados.

Salvo que los pequeños comercios realicen esa reconversión a su vez bastante traumática y, haciendo de la necesidad virtud, encuentren un hueco para competir con los monstruos de las grandes superficies, tienen los días contados. Es así por mucho que lo sintamos quienes preferimos con mucho comprar en un colmado que en una giga-mega-hipertienda de barullos, colas, prisas, enfados y ausencia casi absoluta de un trato humano. Porque si te dan la una y media y tienes necesidad de comprar algo con urgencia, no es cosa de convertirte en apóstol de la tienda del barrio a cambio de quedarte ese día sin el primer plato.