Supongo que hay hombres maltratados que no se quejan, que encajan los golpes con estoicismo y un punto de orgullo masculino. Confesar sería, para ellos, delatar su debilidad, su miedo ancestral a ser calificados de calzonazos. En general, el hombre que agrede o mata a una mujer, revela un fracaso profundo, un no poder aceptar que la mujer tiene derecho a liberarse de su yugo. Desde su punto de vista, la mujer se merece una paliza por ser tan insolente, por alzarse en contra de un dominio injusto, tanto para el hombre como para la mujer. Durante siglos, los hombres hemos soportado un lastre sumamente pesado: el de vernos obligados a mantener ciertas posturas rígidas, inamovibles. Muchos de ellos se han creído tan estúpido papel. Por eso matan. Han creído a pies juntillas que el hombre es el que debe manejar las riendas de la pareja, de la familia, de la sociedad. Ahora se han quedado sin argumentos, y la impotencia aflora a cada paso en forma de agresión física o aniquilación de la mujer. Incluso hay matrimonios ancianos que no logran morir de viejos. También se matan. Que un hombre de ochenta años mate a hachazos a su mujer es un acto que me deja fuera de juego. No quiero ni pensar en la cantidad de chistes fáciles que se pueden derivar de semejante acto. Da escalofríos pensar en la bestia que tenemos dentro. Llegará un tiempo, no muy lejano, en que serán noticia las parejas o matrimonios que no se agredan o no se asesinen. Me imagino los titulares de la prensa: han logrado vivir sin maltratarse. En cualquier caso, el verbo maltratar me parece débil. Todos, de una forma u otra, nos maltratamos. Hay que jerarquizar. Hay maltratos y maltratos. La indiferencia hacia la otra persona también podría ser incorporada a la lista. Hay matrimonios discretamente maltratados que siguen vivos o, por lo menos, hacen durar el contrato, que no es poco. Vuelvo al inicio: hay hombres que son maltratados y callan, pues no se atreven a confesarlo. El orgullo masculino está en juego, y no todos tienen el privilegio de ser metrosexuales. No sé por qué, pero me imagino que estos últimos denunciarían a su mujer con mucho aplomo, sin ningún tipo de miedo a ser tildados de calzonazos. Es un decir. Nadie sabe a ciencia cierta quién se oculta detrás de un metrosexual. Tal vez un agrosexual larvado y, por eso, doblemente temible. Sin embargo, no hay que olvidar el maltrato sofisticado. Hay un maltrato de restaurante japonés. Un maltrato sushi. Pero éste es otra historia. Está documentado: el varón está descolocado, ha perdido el norte y ve cómo la mujer puede vivir sin él, sin su temple y protección. En cualquier caso, aún no veo claro la relación entre una cosa y otra. Tal vez aquello del honor siga aún vigente, y nosotros que creíamos que ya había desaparecido tras la Transición. Tal vez el hombre esconda en su fuero interno una misoginia que se va acrecentando con los años. Tal vez ni una cosa ni otra y, simplemente, el problema es que ya no nos aguantamos más y punto. Hombres maltratados: haberlos, por supuesto que haylos. Quizá en menor medida, pero ahí están, callados, aguantando el tipo, mordiéndose la lengua, disminuidos, creyendo que por ser hombres no tienen derecho a protestar. Sería una auténtica vergüenza reconocer que su mujer los trata como a perros sarnosos. Hay muchos hombres que no se han liberado de un papel absolutamente injusto: el de ser permanentemente duro, orgulloso, intachable, encajador, fuerte, sin lágrimas. Cuando se percatan de que esta muralla empieza a resquebrajarse, de que estos atributos ancestrales empiezan a perder valor y sentido, de que el nihilismo más extremo empieza a carcomer su esencia de machos, se vuelven locos y tan sólo les quedan dos argumentos fatales: matar y/o suicidarse.