Hoy, luna. La luna asoma entre cipreses. Estoy dando un paseo por el campo. Las mieses flotan en un amarillo blanco, mientras mis poemas resbalaban por el paisaje.

Ayer a esta hora estaba en otra zona de la isla, pero con el mismo paisaje de campos cubiertos de trigo. Paseaba con unos amigos y uno de ellos ante la plenitud que contemplábamos comentó que, cuando veía los campos llenos a reventar de granos se los imaginaba llenos de panes. ‘Campos de pan’, me gustó esta metáfora. El pan, el alimento de la vida. Sin él, nosotros los occidentales, no existiríamos como somos. Seríamos otros. El pan es la base de nuestra cultura gastronómica. A partir de él, para nosotros todo es posible. Pienso en el pan ácimo de los antiguos, en los panes integrales del medioevo (que necesitabas mojarlo en cerveza para comerlo), en el ‘pa moreno’ de nuestros lares. Ahora, recuerdo qué en una época cociné mucho pan. Estaba en el Atlántico, navegaba en un gran velero y, entre guardia y guardia a la rueda, horneaba pan. Mi idea, al principio, era hacer un pan cada dos días; pero estaba tan bueno que nos lo comíamos en un suspiro. Mi receta era muy sencilla, 500 g de harina integral, 300 g de agua tibia, un chorrito de aceite de oliva, un sobre de levadura seca de panadero (8 g), 10 g de sal y una pizca de azúcar de caña. ¡Nada, un manjar!

Siguiendo hablando de mieses, estos días estoy leyendo un libro excepcional; se titula: ‘El Volga nace en Europa’. Es la crónica de uno de los grandes corresponsales de guerra en la Segunda Guerra Mundial, el italiano Curzio Malaparte. Un personaje fascinante. Nacido Kurt Erich Sucker, de padre alemán y madre italiana, cambia su nombre por el de Malaparte. Según explica a Mussolini su heterónimo es un juego con el nombre de Bonaparte del gran Napoleón. Curzio Malaparte es un hombre de espejos, ambiguo. Consigue que le odien tanto en Roma como en Berlín. Adscrito a un regimiento motorizado del ejército alemán durante la invasión de Rusia en el frente de Ucrania, sus crónicas no gustan a las autoridades nazis por su <<carácter impertinente>> y es relevado y puesto en libertad vigilada durante cuatro meses. En Roma, antes, ya había sido expulsado por Mussolini del Partido Fascista Italiano y deportado a isla de Lipari durante seis años. Me gustan mucho estos personajes que saben nadar entre dos aguas, porque en esa línea se encuentra la verdad. La verdad no gusta a ningún bando, porque la verdad está con la vida y con el amor, y no con la guerra y la muerte. En un pasaje, mientras las tropas alemanas avanzan entre los infinitos trigales de Moldavia, Malaparte escribe: “Qué extraños los muertos de esta guerra. Yacen entre el trigo, como una aparición arbitraria. Tan ajenos a todo. Incluso ante este cielo inmenso, posado levemente en la cima de los montes. El aliento del trigo se propaga por la atmósfera con tonos verdes y amarillos. El viento recorre los campos como una ola. La ola de trigo bate el horizonte. Se oye el misterioso frufrú de la mies. Los muertos como náufragos arrojados a la orilla por la tormenta.”