El regreso de Bryan Singer a la franquicia que había abandonado tras dirigir sus dos primeras entregas (X-Men y X-Men 2) supone un importante paso adelante para la saga y, más concretamente, para el propio director, eclipsado por uno de sus predecesores, Matthew Vaughn y su X-Men: Primera generación, reboot de hace un par de años que encandiló a público y crítica gracias, sobre todo, al absorbente Michael Fassbender en el papel del malvado Magneto.

En X-Men: Días del futuro pasado, la carambola es doble, porque no sólo continúa la trama iniciada en la película de Vaughn, sino también con ese tercer largometraje (X-Men: La decisión final) que Singer se negó a firmar en su día y que es recordado como la cinta más irregular de la franquicia. Sea como fuere, en X-Men: Días del futuro pasado estamos frente a una secuela doble, con un único objetivo: reanudar otra vez la saga mediante la reunión en pantalla de sus personajes más significativos, los del pasado (Magneto o Xavier de jóvenes, Mística, Bestia) y los del futuro (Lobezno, Kitty Pride), para lograr la película sobre La Patrulla X definitiva. Volver al pasado para relanzar el presente. Nostalgia para pensar el futuro.

Pero, aparte de esa lectura más honda, ¿consigue Singer la cinta última de superhéroes? Sí y no. Lo cierto es que el director se toma muy en serio la anterior película de Vaughn y sus experimentos ucrónicos, aunque tampoco puede evitar ese deje de serie Z que planea en todos los filmes de la saga y que no permite que la franquicia parezca algo más que una convención de fans disfrazados.

Y aunque el guión y la puesta en escena logran secuencias memorables (la alucinante fuga de Magneto, amén de una escena al ralentí protagonizada por Mercurio que hará las delicias de cualquier espectador), la cohesión en el conjunto del trabajo escasea. Definitiva, no; entretenida, bastante.